Dicen que poner algo en tela de juicio consiste en cuestionarlo todo.
Antiguamente aquella «tela» no era de algodón ni de lino, sino la empalizada que separaba a dos caballeros antes de batirse en un torneo. Allí se decidía quién tenía razón… o quién manejaba mejor la lanza.
Hoy las lanzas han sido sustituidas por ruedas de prensa, comunicados diplomáticos y titulares de prensa. El campo de batalla ya no es un castillo medieval, sino Ceuta, convertida una vez más en escenario de una partida donde unos avanzan piezas mientras otros discuten eternamente sobre el reglamento.
Cada nuevo episodio fronterizo provoca el mismo espectáculo. Marruecos mueve ficha, eleva el tono o deja caer alguna reivindicación, y acto seguido aparece una legión de analistas empeñados en poner en tela de juicio la respuesta española. Que si se exagera, que si se dramatiza, que si conviene mirar hacia otro lado para no incomodar al vecino.
Resulta curioso. Rara vez se pone en tela de juicio al que provoca la tensión. Es mucho más cómodo examinar con lupa al que intenta defender su soberanía. Como si en un incendio el problema fuese el color de la manguera y no el pirómano.
La política internacional se ha convertido en un torneo medieval muy peculiar. Ya no vence quien tiene razón, sino quien domina mejor el relato. Y mientras unos fabrican hechos consumados, otros organizan interminables debates para decidir si los hechos existen realmente.
Al final, Ceuta sigue siendo el caballo de batalla, pero algunos prefieren discutir sobre la montura antes que sobre el jinete.
Y entonces recuerdo aquella vieja maldición gitana: «En juicios te veas… y los ganes.» Porque, viendo cómo está el panorama, hay quien lleva tanto tiempo poniendo todo en tela de juicio que corre el riesgo de quedarse sin juicio… y también sin tela.
Salva Cerezo