La Constitución no creó la nación española sino que reconoció una comunidad histórica formada durante siglos.
No. No nacimos en 1978. España es una de las naciones más antiguas del mundo. Por eso el patriotismo constitucional se queda corto.
No somos el invento de los siete padres constitucionales, sino el resultado de la forja de siglos. La misma Carta Magna reconoce fundamentarse en “la indisoluble unidad de la nación española”. El pueblo es preexistente. Y la nación, también.
Por eso España no es hija de la Constitución sino al revés: la Constitución es hija de una realidad previa y más importante: la nación española.
Somos una herencia recibida, una memoria compartida, una manera de entender la dignidad humana, una fe que ha modelado una cultura y una comunidad de afectos y sacrificios con una historia que ha sido parte de la historia universal.
Se podría decir que España comienza con Roma porque fue la primera vez que la península tuvo una identidad y destino común. Hispania se integró en una civilización compartida: derecho, latín, infraestructuras. De Hispania salieron emperadores como Trajano, Adriano y Teodosio, pensadores tan relevantes como Séneca o escritores como Marcial o Quintiliano.
España se comprometió con el imperio. Pero Roma no sólo dejó acueductos y calzadas sino el derecho romano, la idea de ciudadanía y una vocación universal. Y eso permaneció tras la caída del imperio romano.
Después vino la monarquía visigoda. Pero la conversión de Recaredo y la celebración del III Concilio de Toledo marcaron la unidad religiosa y cultural de esa realidad llamada España.
La invasión musulmana del 711 marca una nueva etapa de lucha y forja que se prolongó durante ocho siglos. Ocho siglos de batalla por una identidad basada en la Cruz. El matrimonio de Isabel y Fernando permite la unión de Castilla y Aragón, la unidad de los reinos de España. Y en 1492 se producen dos hechos fundamentales: el final de la Reconquista y el descubrimiento del Nuevo Mundo.
Fue una especie de preparación para dar luz a una España extendida más allá de lo conocido, en una aventura de alto riesgo pero de gran coraje.
El siglo XVI fue el siglo de oro, de expansión de España en las Españas del otro lado del Atlántico, de la explosión de las artes y las letras. Políticamente, sin embargo, manteníamos la unidad respetando las instituciones, leyes, costumbres e incluso monedas de los dos reinos. Porque la grandeza de España nunca ha sido su uniformidad sino la grandeza de su misión en el mundo, una misión misionera y civilizatoria.
Por supuesto que la conquista y evangelización de América tuvo sus sombras. Pero fue probablemente la mayor obra civilizatoria de la historia. Llevamos la lengua, la cultura y la fe, las universidades y las escuelas, el derecho y las instituciones.
Además, la reina Isabel paró la conquista para consultar a la Escuela de Salamanca si tenía derecho a conquistar esas tierras. Fue el nacimiento del derecho internacional. Y las leyes de indias marcaron los derechos de las embarazadas y las ocho horas de trabajo diarias mucho antes que el Manifiesto Comunista varios siglos después.
Tras el siglo de oro y las dinastías de los austrias llegaron los borbones. Con ellos, el decreto de nueva planta y la unificación burocrática de las Españas. Quizás aquí comienzan las tensiones territoriales. Y también el declive de la nación, las independencias prematura de las repúblicas americanas, el troceo del imperio.
La Constitución de Cádiz de 1812 tampoco fue el parto de España sino el reconocimiento de esa nación que poco antes se había levantado contra Napoleón porque se sabían invadidos en su patria. La nación movilizó al pueblo antes de que el constitucionalismo organizara el Estado.
Desde entonces, la historia ha estado plagada de guerras civiles, pronunciamientos, inestabilidad política, dictaduras y constituciones… Pero España, la identidad, permaneció frente a los vaivenes de la historia.
Por eso España es más grande y fuerte que el declive de sus dirigentes. Y quizás el reciente éxito en el mundial de fútbol ha permitido aflorar ese sentimiento escondido en cada esquina y esa garra y furia que caracteriza al español. Más pálpito que cálculo y fe en la misión.
El patriotismo constitucional es insuficiente y pobre comparado con la historia que está detrás, con la enorme herencia recibida. El Estado es un ente administrativo. Pero España es una conciencia histórica, una forma de estar en el mundo, una gallardía, un señorío al tiempo que una pasión y una creatividad sin competencia.
No tenemos mérito. Hemos tenido el regalo, el orgullo, la gracia, la suerte de nacer españoles. Hemos recibido una herencia grandiosa. Y nuestra obligación no sólo es conservarla sino transmitirla y renovarla, proyectarla sobre el futuro. Esa es nuestra misión.
¡Viva España!
Luis Losada Pescador (Actuall.com)