Hay refranes que sobreviven al paso del tiempo porque contienen una verdad tan sencilla como incómoda. «Arrieros somos y en el camino nos encontraremos» es uno de ellos.
La frase viene de la antigua Castilla, de aquellos arrieros que recorrían caminos y ferias con sus bestias de carga, llevando mercancías de pueblo en pueblo. Si alguno intentaba engañarles, no hacía falta acudir a un juzgado, presentar una denuncia ni contratar un abogado, bastaba con mirarle a los ojos y recordarle que el camino es muy largo y las vueltas que da la vida, imprevisibles.
Porque, tarde o temprano, los arrieros terminaban encontrándose.
Y si uno había hecho una faena al otro, ya se encargaría el camino de ponerlos nuevamente frente a frente.
Hoy seguimos utilizando el refrán, aunque los arrieros han cambiado de oficio y las bestias de carga han sido sustituidas por coches oficiales, Falcon, asesores y séquitos. Las antiguas alforjas han desaparecido, pero algunas promesas siguen viajando con una facilidad extraordinaria.
Sobre todo cuando hay elecciones a la vista.
Entonces aparecen los nuevos arrieros de la política cargados de mercancía electoral, con carreteras, colegios, hospitales, ayudas, infraestructuras, reconstrucciones y, por supuesto, soluciones definitivas para aquello que lleva años sin solución.
Prometer es sencillo. Cumplir ya requiere bastante más camino.
Y aquí es donde aparece nuestra querida DANA, que dejó tras de sí una tragedia que todavía no ha terminado para muchas familias valencianas. Se prometió reconstrucción, ayudas y rapidez. Pero, según los datos que manejamos, apenas un 4% de las promesas se habría ejecutado, mientras la amenaza de nuevas lluvias vuelve a aparecer en el horizonte.
Es decir, que mientras unos siguen esperando que llegue la reconstrucción, el cielo parece dispuesto a comprobar si al menos hemos aprendido algo.
Y ahí es donde el refrán adquiere una actualidad casi profética:
Arrieros somos y en el camino nos encontraremos.
Porque el problema no es solamente que las promesas avancen a paso de tortuga. El problema es que las lluvias no suelen esperar a que termine la burocracia.
La naturaleza, por desgracia, no entiende de plazos administrativos, comisiones parlamentarias ni ruedas de prensa. Cuando decide descargar agua, no pregunta quién gobierna, quién hace oposición ni qué partido llevaba en su programa electoral la palabra «reconstrucción» escrita en negrita.
Simplemente llueve.
Y entonces descubrimos que las infraestructuras que ayer parecían suficientes quizá no lo eran tanto. Que los cauces necesitan mantenimiento. Que los sistemas de prevención son importantes. Que las ayudas no deberían llegar cuando ya se ha secado hasta la última lágrima del damnificado.
Pero tenemos una extraordinaria capacidad para aprender de los errores… siempre que el error lo haya cometido otro.
Confucio decía que existen tres caminos para alcanzar la sabiduría: la reflexión, la imitación y la experiencia; y que esta última es la amarga.
Nosotros, al parecer, hemos decidido recorrer los tres caminos simultáneamente, aunque con una pequeña particularidad, la reflexión suele llegar después de la desgracia, la imitación cuando otro país ya ha hecho las cosas bien y la experiencia cuando vuelve a llover, o sea la opción más gravosa.
Quizá por eso seguimos necesitando que el cielo nos recuerde lo que ya deberíamos haber aprendido.
La piedra del camino también nos dejó una enseñanza:
«Una piedra en el camino me enseñó que mi destino era rodar y rodar. También me dijo un arriero que no hay que llegar primero, sino que hay que saber llegar».
Y estoy completamente de acuerdo.
Porque en política parece que algunos tienen una obsesión enfermiza por llegar primero a inaugurar, a anunciar, a fotografiarse, a prometer y a ponerse la medalla.
Lo de saber llegar ya es otra cuestión.
Y mucho más importante todavía es llegar cuando hace falta.
Porque al ciudadano que ha perdido su casa, su negocio o sus pertenencias le importa bastante poco quién fue el primero en hacerse la foto prometiendo ayuda. Lo que necesita es que la ayuda llegue.
Antes de la próxima riada, preferiblemente.
Y aquí viene la ironía final, los antiguos arrieros necesitaban conocer perfectamente los caminos porque de ello dependía su negocio y, en ocasiones, su propia supervivencia.
Nuestros modernos arrieros políticos también deberían conocerlos.
Especialmente aquellos caminos que conducen a Valencia.
Porque algún día, inevitablemente, volveremos a encontrarnos en el camino.
Y entonces no bastará con enseñar las alforjas llenas de promesas.
Habrá que demostrar que esta vez vienen llenas de hechos.
Porque las piedras pueden enseñar.
La experiencia puede hacer sabios.
La historia puede advertirnos.
Pero si después de todo eso seguimos tropezando con la misma piedra, quizá el problema ya no sea la piedra.
Quizá sean los arrieros.
Salva Cerezo