¿Quién no ha escuchado aquello de «por fin se ha caído del burro»? La expresión procede de la conversión de San Pablo, cuando Saulo, camino de Damasco y convencido de estar en posesión de la verdad, recibió un celestial toque de atención que lo mandó literalmente al suelo. Allí comprendió que quizá estaba equivocado y cambió de rumbo.
Hoy no hace falta ninguna luz del cielo para provocar semejante revelación. Basta con perder seguidores, recibir una lluvia de comentarios incómodos o comprobar que el público ya no se cree todo lo que uno publica.
Porque algunos influencers también están empezando a caerse del burro. Durante años nos han vendido felicidad en frascos, vidas perfectas, productos milagrosos y consejos para todo, convenientemente aderezados con un pequeño detalle, la publicidad. Mucha publicidad. Tanta, que en ocasiones uno ya no sabe si está viendo una recomendación sincera o un escaparate con patas.
Y el público, que podrá ser ingenuo, pero tampoco es tonto, empieza a darse cuenta. Cuando cada experiencia maravillosa tiene un código de descuento, cada desayuno es patrocinado y hasta el perro parece llevar una marca comercial, la credibilidad empieza a cotizar a la baja.
Quizá algunos estén descubriendo ahora que la confianza no se compra con publicidad ni se recupera con seguidores. Es más parecido a la conversión de San Pablo que llega un momento en que hay que bajarse del burro, mirar alrededor y reconocer que uno se ha equivocado.
La diferencia es que San Pablo encontró la iluminación en el camino de Damasco.
Los influencers, en cambio, pueden encontrarla mirando las estadísticas de Instagram.
Y si después de tantos años todavía no se han caído del burro, quizá sea porque el burro también está patrocinado.
Salva Cerezo