Dostoievski dejó una frase que, aunque probablemente nunca pronunció exactamente así, parece escrita para nuestros tiempos: «La tolerancia llegará a tal nivel que las personas inteligentes tendrán prohibido pensar para no ofender a los imbéciles». Y uno empieza a sospechar que no estamos muy lejos de conseguirlo.
Vivimos en la era de la información, pero curiosamente cada vez resulta más difícil encontrar la verdad entre tanta información. Antes se compraba el silencio con dinero; ahora basta con comprar titulares, subvenciones, voluntades… y, si hace falta, algún que otro silencio administrativo.
El ciudadano, mientras tanto, pasta tranquilamente por el prado digital. Lleva un teléfono de última generación, sabe perfectamente qué ocurre en TikTok, Instagram o WhatsApp, pero quizá tenga ciertas dificultades para situar Ávila en el mapa o recordar quién fue el Cid Campeador.
No importa, para eso ya están los algoritmos. Ellos deciden lo que debemos ver, indignarnos por lo que debemos indignarnos y, sobre todo, aquello que conviene que olvidemos.
La educación tampoco parece escapar de este curioso proceso de domesticación. Se discute más sobre aprobar que sobre aprender, se cuestiona la autoridad del profesor y se confunde igualdad con que nadie destaque demasiado. Porque, no vaya a ser que el que estudia termine sabiendo más que el que no estudia. ¡Qué peligro!
Y mientras tanto, la política descubre que una sociedad entretenida, enfrentada y permanentemente indignada es mucho más manejable que una sociedad crítica.
El ciudadano que piensa pregunta; el que pregunta incomoda; y el que incomoda puede acabar descubriendo que detrás de algunas consignas había más propaganda que soluciones.
Luego llega el Congreso, aparecen los discursos, las sonrisas institucionales y las explicaciones sobre Ceuta. Y si Marruecos colabora, estupendo… problema resuelto, foto para el álbum y todos contentos.
Aunque el ciudadano siga preguntándose si le están contando la verdad… o simplemente la versión que conviene que escuche.
Quizá ese sea el verdadero peligro, no que alguien nos cierre la boca, sino que consigamos hacerlo nosotros mismos.
Porque un rebaño no necesita pastor cuando ha aprendido a caminar solo hacia donde le señalan.
Y así, entre consignas, teléfonos móviles, titulares y subvenciones, avanzamos mansamente hacia el futuro.
Beeee… ¿o era “progreso”?
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 04/09/2026

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