«Comerse un marrón» significa cargar con las consecuencias desagradables de algo, aunque uno no haya sido precisamente quien lo cocinó.
El origen que se atribuye a la expresión nos lleva hasta las antiguas construcciones salmantinas, donde un marrón era una viga o tronco resistente sobre el que se colgaba de todo, desde la matanza hasta los aperos. La viga, naturalmente, no protestaba. Aguantaba el peso y santas pascuas.
Con los años cambiamos la viga mugrosa por la persona. Y ahí empezó la fiesta para cuando alguien mete la pata, siempre aparece otro dispuesto a cargarle el marrón al vecino.
Y si hablamos de marrones políticos, España tiene ahora mismo el almacén lleno.
El Gobierno vive rodeado de tribunales, conflictos institucionales y decisiones judiciales que obligan a dar muchas explicaciones. El Supremo acaba de suspender cautelarmente determinados efectos electorales de la llamada «ley de nietos», al considerar que el incremento del censo exterior puede afectar a la objetividad y transparencia del proceso electoral.
Mientras tanto, la presidenta del Poder Judicial ha tenido que recordar algo tan elemental como que acusar genéricamente a los jueces de actuar por razones políticas no es precisamente una caricia institucional.
Y en el caso de Begoña Gómez, una cosa es el procedimiento judicial por el que se enfrenta a un eventual juicio y otra muy distinta las barbaridades que circulan por las redes. De hecho, la Audiencia Provincial de Madrid acaba de confirmar la absolución de una periodista que difundió afirmaciones falsas y ofensivas sobre ella, aunque consideró que no alcanzaban relevancia penal.
Así que el problema no es que haya marrones.
El problema es quién los cocina, quién los reparte y quién pretende que se los coma otro.
Porque en política existe una vieja tradición, cuando las cosas van bien, el mérito es del jefe; cuando van mal, siempre hay una viga sucia disponible para colgar el muerto.
Pero las vigas también se cansan.
Y cuando se llenan demasiado, terminan crujiendo.
Quizá el verdadero marrón de algunos no sea perder el poder, sino descubrir que, después de tantos años cargando marrones ajenos sobre los demás, ha llegado la hora de comerse el suyo.
Y eso, queridos amigos, suele sentar bastante peor que el chocolate.
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 13/09/2026

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