Antiguamente, una patente de corso era un documento que permitía a un armador convertirse en corsario al servicio de una nación. Con el permiso de la autoridad podía atacar barcos y poblaciones enemigas y, de paso, quedarse con una parte del botín.
Vamos, que el pirata dejaba de ser pirata cuando llevaba el papelito adecuado.
Han pasado los siglos y, por lo visto, la patente sigue existiendo, aunque ahora viene con membrete oficial y sin calavera en la bandera.
En Ceuta tenemos estos días un curioso ejemplo de la modernidad corsaria. Más de 2.000 migrantes han vuelto a instalarse en las playas del Trampolín y Benítez después de completarse las 1.700 plazas del campamento del puerto.
La limpieza y desinfección de las playas, prevista tras el desalojo, ha tenido que quedar paralizada. Se pone de manifiesto el milagro de la multiplicación de los panes y los peces del pasaje bíblico.
La operación parece diseñada por el mismísimo capitán Jack Sparrow: sacamos a unos de la playa, llevamos a otros al puerto y, cuando se acaba el sitio, vuelven a la playa.
Y mientras tanto, al otro lado del Estrecho, España acaba de entregar a Marruecos el patrullero Moulay Hassan I, construido durante tres años en los astilleros de San Fernando. La entrega se hizo sin ceremonia oficial, precisamente por la delicada situación provocada por la crisis de Ceuta.
Que nadie se lleve a engaño, el contrato se firmó antes de la crisis y el buque está destinado oficialmente a vigilancia y seguridad marítima. Pero la coincidencia temporal resulta, cuando menos, paradójica.
Porque uno empieza a preguntarse si, en lugar de patentes de corso, no estaremos repartiendo patentes de cortesía.
—Tome usted un patrullero.
—Muchas gracias.
—Y nosotros ya nos encargamos de vigilar nuestras playas.
—¿Las de Ceuta?
—Bueno… esas precisamente están ocupadas.
No sé qué diría Arturo Pérez-Reverte de todo esto. Probablemente habría material para varias novelas.
Lo que sí parece claro es que los corsarios de antes necesitaban una patente para hacer lo que les viniera en gana.
Los de ahora quizá solo necesitan que alguien les firme el permiso.
Y mientras tanto, que nadie olvide la vieja enseñanza del corsario:
«cuando el poder concede patente de corso, lo difícil no es encontrar al pirata… sino saber quién le entregó el papel».
Salva Cerezo

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Última Actualización: 20/09/2026

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