Hay quien presume de valentía y termina enseñando las vergüenzas.
Sacar pecho es una expresión que admite varias interpretaciones. Puede significar orgullo, valentía, satisfacción por los logros conseguidos o ganas de impresionar al personal. Pero también puede ser una forma bastante estúpida de ponerse en el punto de mira, especialmente cuando quien presume de fortaleza tiene más motivos para esconderse que para desfilar.
Porque una cosa es dar la cara y otra muy distinta ponerla para que te la partan. El venado que se exhibe ante el cazador no suele hacerlo por estrategia militar, y el palomo que hincha el pecho para conquistar a su pareja tampoco parece estar pensando en las consecuencias de tanta exhibición.
En política, sin embargo, sacar pecho se ha convertido en una especialidad. Hay dirigentes que, después de encadenar tropiezos, rectificaciones y promesas incumplidas, comparecen ante las cámaras con la solemnidad de quien acaba de descubrir la penicilina. Si la realidad les contradice, siempre queda el recurso de cambiarle el nombre al fracaso y presentarlo como una victoria histórica.
El problema no es sacar pecho, sino no tener nada detrás que lo justifique.
Ahí tenemos el curioso duelo entre Ada Colau y Gabriel Rufián, dos figuras procedentes de espacios políticos muy alejados del patriotismo español tradicional, que parecen dispuestas a explorar nuevas aventuras electorales encabezando la izquierda.
La política tiene estas paradojas, quienes han cuestionado con mayor o menor intensidad el modelo de España pueden terminar compitiendo por representar a sus ciudadanos dentro de sus propias instituciones.
¡Qué cosas tiene esta democracia! Al final, hasta los más críticos con el sistema descubren que sus mejores oportunidades pueden encontrarse dentro de él. Eso sí, habrá que comprobar si el electorado compra el producto o si, después de tantos experimentos, empieza a desconfiar de quienes pretenden venderle el mismo vino con una etiqueta diferente.
Porque los ciudadanos podrán equivocarse, pero no son necesariamente tontos. Y cuando uno se empeña en tomarles el pelo, corre el riesgo de que terminen tomándole la matrícula.
Mientras tanto, el ferrocarril español sigue proporcionando motivos para que más de uno se lleve las manos a la cabeza. Un nuevo incidente con un tren incendiado en el corredor Madrid-Barcelona, con miles de viajeros afectados en pleno puente del Pilar, vuelve a poner sobre la mesa las dudas acerca de la fiabilidad del servicio y la gestión de las infraestructuras y mantenimiento.
Y en medio de semejante panorama aparece Óscar Puente, ministro acostumbrado a no dejar una polémica sin respuesta y a manejar las redes sociales con bastante más soltura que paciencia ante sus críticos.
El problema de sacar pecho cuando las cosas funcionan es que también hay que dar explicaciones cuando dejan de funcionar. Los pasajeros no necesitan un campeonato de ingenio dialéctico ni una competición de ocurrencias ministeriales. Necesitan llegar a su destino, saber qué ha sucedido y recibir información clara.
En política, la comunicación puede maquillar un problema, pero difícilmente consigue que el problema desaparezca.
Y para rematar la faena, llega otro episodio relacionado con la información que el Gobierno debe proporcionar al Parlamento. Según confesiones del propio Sánchez a la prensa, habría omitido comunicar al Congreso que, coincidiendo con la invasión de Ceuta, varias fragatas marroquíes entraron en aguas ceutíes y tuvo que intervenir la Armada española.
Si los hechos se confirman en esos términos, no estaríamos ante un simple olvido administrativo, sino ante una cuestión que afecta a la transparencia institucional y a la información que merece recibir la representación nacional sobre un asunto de soberanía y seguridad.
En cuestiones de esta naturaleza, las explicaciones no son un favor que concede el gobernante cuando le viene bien. Son una obligación inherente al cargo.
Gobernar no consiste en administrar la información como si fuera propiedad privada, dosificándola según convenga al calendario político. El Congreso no es una sala de espera donde los diputados aguardan pacientemente a que el Ejecutivo tenga a bien contarles lo sucedido.
Pero ya sabemos que algunos confunden la mayoría parlamentaria con un cheque en blanco, la crítica con una conspiración y la rendición de cuentas con una ofensa personal. Luego se extrañan de que crezca la desconfianza ciudadana.
Y así seguimos, contemplando cómo algunos responsables públicos sacan pecho mientras la realidad les va dejando el traje lleno de manchas.
Lo verdaderamente curioso es que, cuando llegan las dificultades, muchos de los que antes presumían de arrojo se vuelven extraordinariamente modestos. Las medallas desaparecen de la solapa, los éxitos dejan de tener padre y los errores empiezan a buscar desesperadamente una familia de acogida.
Para eso sirve también la política: para descubrir que hay gente capaz de atribuirse hasta los méritos del vecino y de declararse ajena a los desastres que ocurren bajo su propia responsabilidad.
Al final, la diferencia entre la valentía y la temeridad es bastante sencilla: el valiente conoce los riesgos y los afronta; el temerario los ignora y, cuando llegan las consecuencias, busca a quién echarle la culpa.
Y si hablamos de sinceridad, recordemos aquello de actuar a pecho descubierto. No significa gritar más alto, insultar mejor ni presentarse ante las cámaras con gesto desafiante. Significa hablar claro, dar explicaciones y asumir las consecuencias de los propios actos.
Quizá por eso convendría recordar una reflexión que merece más atención que muchos discursos oficiales:
«Una persona inteligente ignora cuando se la critica sin fundamento, escucha cuando se la aconseja y se aleja cuando no se la valora».
Porque sacar pecho está muy bien cuando hay motivos. Pero hacerlo mientras se acumulan los problemas, se esquivan las preguntas y se desprecia a quien discrepa no es valentía: es confundir la soberbia con el liderazgo.
Y cuidado, que una cosa es ponerse de pechito y otra muy distinta descubrir, demasiado tarde, que uno lleva meses ofreciéndose como blanco.
Quien necesita sacar pecho a todas horas quizá intenta disimular que tiene la espalda llena de asuntos pendientes.
Salva Cerezo