Hay expresiones latinas que parecen inventadas para describir determinados momentos de nuestra política. Quedar in albis significa quedarse en blanco, sin respuesta, sin argumentos o, sencillamente, sin saber por dónde salir.
Y pocas expresiones parecen tan oportunas para describir algunas comparecencias presidenciales en las que se espera una explicación y termina uno necesitando otra explicación para entender la primera.
Pedro Sánchez volvió a ponerse delante de los micrófonos para intentar explicar lo inexplicable. Entre las preguntas pendientes, el dolor de las víctimas, las responsabilidades políticas, las polémicas que salpican a su entorno y los escándalos que reclaman respuestas, el discurso parece transitar por un terreno donde las palabras abundan y las aclaraciones escasean, y todo esto sin el comodín del baile o el beso enamorado.
Lo curioso es que, cuando se trata de pedir explicaciones a los demás, el Gobierno suele tener respuestas para todo. Cuando las preguntas llaman a su propia puerta, aparecen las evasivas, los matices y ese maravilloso recurso de convertir una explicación en un ejercicio de paciencia ciudadana.
Mientras tanto, la ciudadanía sigue esperando algo tan sencillo como la verdad, la transparencia y la asunción de responsabilidades. Aunque quizá estemos pidiendo demasiado para quienes parecen haber confundido gobernar con comparecer.
Y es que quedarse in albis tiene una ventaja, uno no se equivoca si no responde. El problema es que un país no puede quedarse eternamente esperando las respuestas.
Como decía Cervantes: «Para alcanzar la felicidad solo se necesitan cuatro cosas: leer mucho, actuar con honestidad, amar y no dejar nunca de aprender».
A algunos les vendría bien empezar por la segunda.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 02/11/2026

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