El cuco es un pájaro pequeño, pero con una estrategia de supervivencia digna de cualquier manual de oportunismo. No construye nidos, no pierde el tiempo criando y, cuando llega la hora de reproducirse, coloca sus huevos en nidos ajenos. Para colmo, elimina los originales y deja que otros hagan el trabajo. Cuando nacen sus polluelos, estos terminan expulsando a los legítimos ocupantes. ¡Un auténtico especialista en vivir del esfuerzo ajeno!
Lo curioso es que, en el mundo de los humanos, también abundan los cucos. Algunos se instalan en nidos que no han construido, desplazan a quienes estaban antes y, una vez acomodados, exigen que los demás les alimenten, les protejan y hasta les aplaudan.
En política encontramos ejemplares de esta especie con bastante frecuencia. Personajes que llegan prometiendo regeneración, ocupan las instituciones, convierten el interés general en patrimonio propio y, cuando aparecen los problemas, siempre encuentran un nido ajeno al que echarle la culpa.
Y mientras tanto, sus fieles seguidores siguen alimentando a la criatura, aunque cada vez tengan menos sitio en el nido. Algunos por convicción, otros por conveniencia y no pocos porque reconocer el engaño exigiría admitir que llevan demasiado tiempo incubando el huevo equivocado.
Me pregunto cuántos terminarán respondiendo por sus propias decisiones y cuántos seguirán parapetándose detrás del líder, confiando en que el temporal pase y nadie les pida explicaciones.
Porque una cosa es ser cuco y otra muy distinta confundir la astucia con la impunidad.
¿Y nosotros qué somos en esta historia? ¿Los que ponen los huevos, los que alimentan al intruso o los que, finalmente, descubren que en su propio nido ya no mandan?
Como diría la vieja canción: ¿Gavilán o paloma? Yo añadiría: ¿cuco o cuervo?
¡Que hay mucho pájaro suelto y algunos tienen hasta despacho oficial!
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 07/11/2026

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