“Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz.” — William Shakespeare
Dicen que vivimos en la era de la comunicación. Nunca antes el ser humano tuvo tantos canales para expresarse… ni tan poco que decir. Hemos pasado de la conversación alrededor de una mesa, donde el silencio también hablaba, a un festival de monólogos donde cada cual grita su verdad con la esperanza de que alguien, en algún rincón del algoritmo, le dé un “like” que legitime su existencia.
Hoy, escuchar es un acto revolucionario. Y pensar… directamente sospechoso.
El honor, ese viejo compañero de nuestros ancestros, ha sido sustituido por el postureo. Antes se defendía la palabra dada; ahora se defiende la imagen proyectada del «todo vale». No importa lo que eres, sino cómo pareces. Y si puedes parecer indignado, mejor todavía, la indignación vende más que la coherencia, y exige mucho menos esfuerzo.
En este nuevo teatro global, cualquiera con conexión a internet y suficiente desparpajo puede convertirse en guía espiritual, economista de salón o estratega geopolítico de sobremesa. El conocimiento ya no se adquiere, se improvisa. Y lo peor no es que hablen… es que encuentran audiencia.
Porque, seamos honestos, el problema no son solo los falsos gurús. El problema es la demanda. Siempre hay alguien dispuesto a comprar certezas rápidas, frases huecas y soluciones mágicas. Pensar cansa. Dudar incomoda. Y contrastar… eso ya es casi una actividad de riesgo.
Frente a este ruido ensordecedor, resulta casi subversivo recordar a Tales de Mileto, aquel viejo filósofo que, sin redes sociales ni tertulias televisivas, ya entendía algo que hoy parece ciencia ficción: que la sabiduría no necesita altavoces.
El sabio no interrumpe, no impone, no compite por ver quién tiene la última palabra. De hecho, muchas veces ni siquiera tiene la necesidad de hablar. Y ahí está el drama, en un mundo donde el valor se mide en decibelios, el silencio ha perdido prestigio.
Así hemos llegado a este curioso punto de la historia donde hablar mucho se confunde con saber mucho, y donde callar, quizá para pensar, se interpreta como debilidad o ignorancia.
Un mundo de oídos sordos… pero de bocas muy abiertas.
Y mientras tanto, entre tanto ruido, la razón espera pacientemente su turno… que, visto lo visto, quizá llegue cuando volvamos a descubrir algo tan revolucionario como escuchar antes de opinar.
O, quién sabe, cuando entendamos que no todo merece ser dicho… y que no todos merecen ser escuchados.
Salva Cerezo