¿Para quién hablan los políticos cuando salen a dar lecciones por la tele? ¿Para ciudadanos adultos o para un aula de parvulario con plastilina y dibujos de colores? Porque el tono con el que nos explican lo inexplicable parece pensado para mentes distraídas, con frases huecas, eslóganes reciclados y esa sonrisita de “tranquilos, que yo me ocupo”, mientras nos meten la mano en el bolsillo… y la otra en la conciencia.
Lo del etarra sanguinario, del que me niego a pronunciar su nombre…, condenado a cientos de años y paseando por la calle como quien sale a por el pan, no es un fallo del sistema, es una bofetada en toda regla a las víctimas. Una de esas que no hacen ruido en el telediario, pero retumban en la memoria de quienes saben lo que costó cada vida. Pero aquí, entre tecnicismos jurídicos, acuerdos por debajo de la mesa y sonrisas de plástico, la dignidad se archiva en un cajón que nadie quiere abrir. Total, las víctimas no votan en bloque ni sostienen mayorías parlamentarias.
El sillón, ese tótem sagrado del poder, lo justifica todo. Se negocia con quien haga falta, se blanquea lo que ayer era inaceptable y se envuelve la cesión en papel de “progreso” para que huela a perfume ideológico. Da igual que el contenido sea moralmente radioactivo, si mantiene el equilibrio del castillo de naipes, adelante con la función. El problema no es el truco; el problema es que nos pidan aplaudirlo como si fuera magia.
Y ahora, tras la debacle, el guion es previsible, esperar a que PP y VOX se tiren los trastos a la cabeza, montar el teatrillo de la derecha descompuesta y salir luego a escena como el estadista moderado.
Mientras tanto, una parte del público sigue aplaudiendo. No porque crea el discurso, sino porque ha comprado la entrada para odiar al de la fila de enfrente. Y así, entre trincheras ideológicas y pancartas de quita y pon, el ciudadano queda reducido a figurante en una obra que no ha escrito y cuyo final siempre es el mismo, ellos ganan tiempo, nosotros perdemos dignidad.
Quizá el verdadero problema no sea que nos hablen como a niños. Es que algunos han aceptado que les hablen así. Y cuando el poder descubre que puede masticarte la papilla, deja de ofrecerte pan, el gran dialogante, el faro moral capaz de entenderse “con todos”. Con todos, sí… incluso con quienes ayer eran inaceptables, hoy son necesarios y mañana serán “malentendidos históricos”.
Salva Cerezo