El Gobierno, ese ilusionista del constitucionalismo de goma, ha sufrido un pequeño traspié…, nada, un rasguño institucional, en su intento de poner firmes a los jueces que amenazaban con huelga.
Pretendía enseñar el látigo y ha acabado con la túnica hecha jirones, como aprendiz de brujo que quiso ordenar a la Justicia y terminó barrido por su escoba. Pero tranquilos, que para Sánchez lo importante no es la ley, sino que la ley le obedezca.
Mientras tanto, en paralelo, la “convivencia en Cataluña”, esa entelequia que se invoca con más fe que fundamento, vuelve a ser la excusa perfecta para dar carta blanca a la amnistía. Eso sí, con condiciones, porque aquí la convivencia solo se firma si Puigdemont puede regresar a España sin que le toquen ni un rizo del moño. Y si puede traer su peluquín diplomático con inmunidad belga, mejor.
La cosa es tan descarada que ya ni disimulan. Desde Waterloo se huelen los perfumes del procés 2.0. Referéndum o barbarie. ¿Creían que con borrar los delitos de 2017 se saciaba la fiera? ¡Ingenuos!. Los independentistas, como los gremlins, si les das de comer después de medianoche (léase, amnistía), se reproducen. Y ya están preparando la secuela, más ambiciosa, más victimista y, cómo no, más chantajista.
Lo grave no es que lo pidan. Lo verdaderamente delirante es ver al Consejo de Ministros convertido en coro de gospel cantando al unísono “¡Amnistía completa ya!”. Los mismos que ayer juraban que era inconstitucional, hoy la defienden como si fuera el Padrenuestro del siglo XXI. Qué bonito es el amor… al escaño.
Eso sí, hay un pequeño detalle que empaña el plan y ese es Europa. Bruselas no se traga el moho. El Tribunal de Justicia de la UE parece tener la mala costumbre de leerse los tratados y exigir coherencia jurídica. ¡Qué manía con las normas, de verdad! No entienden que en España ya no se gobierna con leyes, sino con pulsos parlamentarios y salvoconductos independentistas.
Y ahí está el problema de Puigdemont: puede que vuelva, sí, pero igual tiene que pasar por la ducha judicial europea antes. Y ya sabemos que en Bélgica hace humedad. Lo mismo ese peluquín, después de tanto asilo, no sobrevive a una sentencia europea.
Mientras tanto, Sánchez sigue a lo suyo, con su pose de Joe Rígoli: «Yo sigo, porque ustedes me lo piden», aunque la mayoría esté pidiendo lo contrario. Es lo que tiene creerse imprescindible, acabas rodeado de ministros coristas y palmeros mientras la orquesta toca el Titanic.
Antonio Machado lo dijo mejor: “Todos los que dicen estar de vuelta de todo es que nunca fueron a ninguna parte”. Y este Gobierno va camino de confirmarlo, con destino final en la estación “Waterloo-Terminus”, sin billete de vuelta… pero con amnistía en el equipaje.
Salva Cerezo