El PSOE ha decidido registrar una ley en el Congreso para apartar a los jueces que se pronuncien políticamente. Al fin y al cabo, nada más democrático que silenciar a quien opina, sobre todo si su toga no es del mismo color que la bufanda del poder.
Según la propuesta, los jueces deberán ser tan neutrales como un semáforo apagado, sin luces, sin señales y, preferiblemente, sin voz. Porque opinar, parece ser, es pecado… salvo que lo haga un político, un tertuliano de confianza o el propio legislador que redacta las normas a la carta.
Curiosamente, mientras se castiga la opinión judicial, se elimina la sanción por ofensas religiosas. Es decir, a partir de ahora uno podrá burlarse libremente de la fe ajena, pero cuidado con mencionar el estado de la justicia, eso sí es peligroso.
En resumen, libertad de expresión… selectiva. La de unos, sí; la de otros, depende del día y del color del escaño.
Y así, en nombre del progreso, avanzamos hacia un futuro luminoso, los jueces mudos, creyentes burlados y políticos felices porque nadie les lleva la contraria.
Benditas contradicciones.
Bendita igualdad… siempre que sea desigual.
Y bendita justicia, tan ciega, que ya no ve ni lo que le están haciendo.
Salva Cerezo