En tiempos de mi abuela, que sabía más de política que muchos tertulianos con máster, se decía aquello de “el que no llora, no mama”. Y no era una metáfora lacrimógena, era un manual de supervivencia. Hoy el refrán ha evolucionado: el que amenaza, chantajea o bloquea, desayuna; el que cumple, paga la cuenta.
Porque en la España del “café para todos”, curiosamente siempre repiten los mismos. Las comunidades más ricas, las más contestatarias, las que ondean la disidencia como si fuera un cheque al portador, son también las que mejor saben pedir… y exigir. Y el camarero, un gobierno que se autodenomina socialista, sirve solícito, sonriente y con la bandeja inclinada hacia los de siempre, qué más da si el interlocutor está procesado e inhabilitado, aún así se le trató como un jefe de estado.
Proteger a los débiles, decía la ideología. Redistribuir la riqueza, proclamaban los eslóganes. Pero todo eso se evapora cuando el timón lo lleva un dirigente narcisista, más preocupado por su reflejo en el BOE que por el equilibrio del barco, dejando incluso al pie de los caballos a sus candidatos autonomicos. Gobernar ya no consiste en mejorar la vida de los ciudadanos, sino en comprar tiempo, votos y silencios, aunque el precio sea trocear el país como si fuera un jamón en feria.
Los impuestos, eso sí, no se negocian. Caen con precisión quirúrgica sobre la clase media y baja, esa que no tiene capacidad de chantaje ni representación estratégica. Una venganza fiscal selectiva, pobreza para unos, privilegios para otros. Porque los ricos, al igual que las comunidades “imprescindibles”, siempre aterrizan de pie. Cada vez más ricos, cada vez más blindados, cada vez más imprescindibles para sostener el relato.
Y mientras tanto, el teatro internacional. Se liberan presos «retenidos» españoles en Venezuela, bienvenido sea, pero el mérito corre más deprisa que los hechos. Ya se reparten medallas en Moncloa como si la presión internacional no hubiera tenido nada que ver, como si Trump no hubiera apretado, como si durante meses no se hubiera hecho el caldo gordo a Maduro con una sonrisa diplomática y silencio cómplice.
Si hay dudas, que se lo pregunten a Zapatero, embajador oficioso del realismo mágico bolivariano.
Así funciona el “café para todos”:
unos lloran y maman,
otros pagan y callan,
y el camarero se queda en el poder…
aunque el local se vacíe y la factura la sigan pasando a los mismos.
Porque al final, en esta España moderna y progresista, la igualdad es un eslogan, la justicia un decorado y el café… siempre lo pagan los de abajo.
Salva Cerezo