«Dime lo que comes y te diré quién eres.» — Anthelme Brillat-Savarin.
España tiene muchos tesoros, pero pocos despiertan tanta unanimidad como su cocina. Aquí una simple tortilla de patatas puede provocar más debates que una sesión parlamentaria, y una paella reúne más sensibilidades que una comisión de investigación.
Nuestra gastronomía es un milagro químico. Un puñado de ingredientes humildes, bien tratados, es capaz de producir auténticas obras de arte. Porque cocinar no consiste únicamente en mezclar alimentos; consiste en encontrar el equilibrio perfecto entre sabores, tiempos y paciencia. Exactamente lo contrario que suele ocurrir en la política.
La globalización ha convertido nuestras cocinas en una especie de Naciones Unidas gastronómicas. Hoy podemos desayunar un cruasán francés, almorzar sushi japonés, merendar un dulce árabe y cenar tacos mexicanos sin salir del barrio. Las culturas han descubierto que compartir recetas une mucho más que compartir discursos.
La cocina no entiende de ideologías. El ajo no pregunta a quién votas antes de dar sabor al guiso, ni el aceite de oliva distingue entre izquierdas y derechas cuando cae sobre una buena tostada. En la mesa todos somos iguales… hasta que llega la cuenta.
Lo curioso es que mientras nuestros cocineros conquistan el mundo con talento, creatividad y esfuerzo, nuestros dirigentes parecen empeñados en cocinar otra clase de platos.
Su especialidad es el guiso de excusas, acompañado de una generosa salsa de propaganda y aderezado con un sofrito de cambios de opinión.
Si el plato sale mal, nunca falta el ingrediente estrella: la culpa es del horno, del cocinero anterior o del vecino que removía demasiado la cazuela.
En política abundan las recetas milagrosas.
Se promete crecimiento instantáneo, prosperidad al punto y felicidad en cinco minutos… como esas sopas de sobre que anuncian «sabor casero» aunque sepan a cartón con perejil.
Y luego está el chef principal del restaurante nacional.
Un maestro de la cocina de autor, donde cada semana cambia la receta, pero el menú siempre acaba teniendo el mismo ingrediente: conservar el poder.
Lo que ayer provocaba indigestión democrática, hoy aparece en la carta como «plato recomendado del día». La coherencia se ha sustituido por la cocina de aprovechamiento: aquí nada se tira; todo se recalienta.
Mientras tanto, los ciudadanos seguimos sentados a la mesa esperando el gran banquete prometido.
Pero entre impuestos, inflación y facturas, muchos descubren que el menú degustación ha terminado convertido en una tapa… y sin bebida incluida.
Existe un viejo refrán que dice: «Con las cosas de comer no se juega.»
Lástima que algunos hayan decidido convertir precisamente la economía de las familias en el principal ingrediente de su recetario político.
Porque cocinar bien exige respeto por los ingredientes.
Gobernar bien exige exactamente lo mismo, respeto por los ciudadanos.
Y esa receta, por desgracia, parece haberse perdido entre tanto humo de cocina… y tanto chef dispuesto a vendernos una tortilla… sin huevos.
Salva Cerezo