Hay expresiones populares que, con el paso del tiempo, parecen escritas por algún profeta con información privilegiada. Meter cizaña es una de ellas.
La cizaña es esa planta que crece junto al trigo y que, si nadie la controla, termina fastidiando la cosecha. No hace falta ser agricultor para entender la metáfora: basta con observar la política internacional para comprobar que hay quien parece empeñado en sembrarla a manos llenas.
Mi madre utilizaba otra definición mucho más gráfica. Cuando algún niño era especialmente pesado, provocador y estaba siempre buscando bronca, decía aquello de: «Este niño es un cizañero». Una expresión que entonces parecía reservada al patio del colegio, pero que hoy podría figurar perfectamente en algún tratado de diplomacia internacional.
Y aquí es donde la cizaña nos lleva hasta el Estrecho.
Marruecos mantiene una posición particularmente ambigua respecto a Ceuta. Por un lado, afirma defender la integridad territorial española y la cooperación con España en cuestiones de seguridad, inmigración y lucha contra el terrorismo. Pero, por otro, mantiene viva su reivindicación sobre Ceuta y Melilla.
Una postura que recuerda bastante a quien entra en casa de un vecino, le felicita por lo bonita que tiene la sala de estar y, mientras toma el café, pregunta con toda naturalidad cuándo piensa devolverle las llaves.
Porque una cosa es reivindicar diplomáticamente un territorio y otra muy distinta es crear permanentemente un clima de incertidumbre alrededor de él. Y ahí aparece la famosa cizaña: pequeñas declaraciones, silencios estratégicos, mapas donde unos territorios aparecen y otros desaparecen, gestos diplomáticos que parecen decir una cosa mientras sugieren exactamente la contraria.
Eso sí, conviene no confundir reivindicación política con invasión. Ceuta es territorio español y cualquier hipotética agresión sería un asunto de enorme gravedad. Precisamente por eso, jugar con la ambigüedad territorial no es una travesura de patio de colegio.
La historia nos enseña que las grandes crisis rara vez empiezan con un cañonazo. A veces comienzan con algo mucho más discreto, como una palabra mal escogida, una provocación, una frontera convertida en argumento o una semilla plantada donde no corresponde.
La cizaña, además, tiene una peculiaridad, al principio parece insignificante. Crece mezclada con el trigo y cuesta distinguirla. Hasta que un día descubres que tienes media cosecha llena de malas hierbas.
Y quizá esa sea la lección que deberíamos recordar al otro lado del Estrecho, porque la amistad entre vecinos exige claridad, y la ambigüedad permanente termina alimentando la desconfianza.
Mi madre seguramente lo habría resumido de una manera mucho más sencilla:
«Hijo, no te juntes con cizañeros, que al final acabas metido en todos los líos».
Setenta años después, sigo pensando que sabía bastante más de geopolítica de lo que ella misma imaginaba.
Salva Cerezo