Hay políticos que cuando dejan el poder se retiran a cultivar bonsáis, a escribir memorias que nadie termina o a dar conferencias sobre liderazgo en universidades lejanas. Y luego está José Luis Rodríguez Zapatero, que ha decidido convertirse en una especie de oráculo institucional itinerante.
Su reciente declaración en el Senado ha sido algo así como ver regresar al profesor que suspendió a toda la clase y ahora vuelve para explicar cómo se debía estudiar.
Allí estaba él, solemne, pedagógico, hablando de convivencia, diálogo, concordia y arquitectura constitucional, como si la historia reciente fuese una asignatura optativa y no un máster acelerado en improvisación política.
Uno escuchaba atentamente y tenía la sensación de estar ante el inventor de la estabilidad parlamentaria moderna. Ese modelo en el que el equilibrio depende de sumar voluntades tan distintas que, si se descuida uno, se desmonta el castillo de naipes con solo un suspiro.
Zapatero habló como quien nunca tuvo una crisis económica llamando a la puerta, ni una prima de riesgo haciendo footing diario. Como quien nunca oyó aquello de “brotes verdes” con el mismo optimismo con el que se anuncia la llegada de la primavera en enero.
Pero lo verdaderamente admirable fue el tono. Ese tono de estadista retirado que contempla el tablero desde arriba, como si el ajedrez lo hubiese inventado él y los demás solo movieran piezas prestadas.
En el Senado, la escena tenía algo de teatro clásico.
El expresidente, erguido, reflexivo.
Los senadores, atentos o resignados, según bancada.
Y el ciudadano medio, preguntándose si la memoria histórica incluye también la memoria económica.
La política española tiene algo de eterno retorno. Los protagonistas cambian de asiento, pero no de escenario. Un día gobiernan, otro día explican cómo se gobierna, y al siguiente analizan por qué es tan difícil gobernar.
Zapatero defendió el diálogo como si fuese una invención propia registrada en la oficina de patentes. Y quizá lo sea, porque en España el diálogo se ha convertido en ese electrodoméstico que todos dicen usar pero nadie sabe exactamente cómo funciona.
Al final, uno no sabe si la comparecencia era una declaración institucional o una sesión de nostalgia política con música de fondo invisible. Porque hay discursos que no buscan convencer, buscan recordar que quien los pronuncia sigue ahí, en la sombra larga de la historia reciente.
Y así, entre apelaciones a la convivencia y recordatorios velados de lo que fue y lo que podría haber sido, el Senado volvió a demostrar que en política nunca hay ex. Solo hay pausas largas.
Y mientras tanto, el ciudadano, que paga la entrada sin querer, sigue preguntándose si esto es debate político o reposición de temporada.
Salva Cerezo