Hay una España que no sale en ruedas de prensa, que no cabe en un tuit ingenioso ni necesita argumentarios de partido. Una España que no pide aplausos, pero los merece. Es la España de los cuerpos de seguridad del Estado: bomberos, UME, Guardia Civil, policías… profesionales que trabajan cuando el foco se apaga y el rédito político ya no interesa.
Ellos no gobiernan, no legislan, no prometen. Actúan. Mientras unos calculan encuestas, otros calculan riesgos. Mientras unos afinan el discurso, otros afinan protocolos. Y mientras la política se entretiene en el corto plazo, ellos piensan en vidas humanas.
La ironía es fina, casi cruel, los mismos políticos que presumen de Estado son los primeros en olvidar a quienes realmente lo sostienen. Porque el Estado no es una tribuna, es una camilla. No es un mitin, es un rescate a las tres de la mañana. No es un decreto, es una manguera, un helicóptero, una mano tendida entre el humo o el barro.
Los bomberos no preguntan a quién votas antes de entrar en un incendio. La UME no consulta el BOE antes de desplegarse en una catástrofe. Y la Guardia Civil, esa institución avalada por su propia historia desde su fundación por Francisco Javier Girón, no necesita reinventarse cada legislatura para saber cuál es su misión, la de proteger al ciudadano, incluso cuando el ciudadano ya no confía en quienes lo gobiernan.
Vocación. Profesionalidad. Independencia. Tres palabras incómodas para una partitocracia que confunde lealtad con obediencia ciega y servicio público con propaganda. Porque los verdaderos técnicos, los que saben, los que se juegan la vida, no encajan bien en un sistema que premia más la fidelidad al partido que la excelencia al servicio del pueblo a diferencia de compañías aéreas y transporte en general que suben escandalosamente las tarifas tras la catástrofe ante la ceguera de nuestros progresistas gobernantes.
Y así, entre homenajes tardíos y silencios calculados, se va ninguneando a quienes garantizan el buen hacer del país. Se les aplaude en la tragedia y se les olvida en la gestión. Se les invoca cuando hay dolor y se les recorta cuando hay presupuestos. Paradójico es que quienes más ayudan al pueblo suelen ser los que menos ayudan a captar votos.
Quizá por eso molestan. Porque su ejemplo deja en evidencia la futilidad, la falta de empatía y la distancia creciente entre la política profesionalizada y la realidad cotidiana. Ellos no hablan de “pueblo”, ayudan al pueblo. Sin eslóganes. Sin cámaras. Sin excusas.
Y hoy, cuando el dolor vuelve a recordarnos lo frágiles que somos, conviene no olvidar quiénes están siempre, incluso cuando todo falla en 20 segundos.
Ni el silencio del luto podrá apagar la memoria de los que se han ido,
ni la fuerza de nuestro apoyo dejará de sostener a quienes hoy sufren.
Que la unión y la esperanza sean la luz que nos guíe
para caminar juntos a través de este inmenso dolor.
Porque mientras algunos usan el poder, otros lo honran. Y esa diferencia, aunque no cotice en campaña, es la que todavía mantiene en pie a la sociedad.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 21/01/2026

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