Nuestros antepasados no tenían redes sociales, tertulianos a sueldo ni asesores de imagen, pero dominaban algo que hoy escasea, como el sentido común. Ya sabían que, cuando al vecino le sacaban la navaja, convenía ir preparando la palangana.
Hoy, mientras algunas ciudades europeas viven episodios de graves disturbios y enfrentamientos, convendría observar lo que sucede más allá de nuestras fronteras sin confundir la protesta legítima con la violencia callejera, ni la libertad de manifestación con el derecho a imponer la ley del más fuerte.
Francia, Italia, Bélgica… Las tensiones sociales, las protestas y los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad nos recuerdan que la convivencia no se rompe de un día para otro. Primero llegan los discursos incendiarios, después la polarización, más tarde la desconfianza y, cuando queremos darnos cuenta, algunos descubren que la calle también puede convertirse en un campo de batalla. Toda una revolución francesa en pleno siglo XXI.
Y España, por supuesto, no vive en una burbuja. Lo que sucede en la Puerta del Sol o en Ceuta merece atención, análisis y prudencia. Porque una cosa es defender una causa, por legítima que sea, y otra muy distinta justificar la violencia según quién la ejerza o qué bandera enarbole.
Aquí tenemos una curiosa costumbre, cuando arde la casa del vecino, siempre aparece alguien dispuesto a explicar que las llamas forman parte de una fiesta popular. Si los disturbios ocurren lejos, son un problema ajeno; si se acercan a nuestra puerta, entonces reclamamos orden, responsabilidad y mano firme. ¡Qué cosas tiene la geografía política!
¿Estamos ante el fin del modelo de vida occidental? Afirmarlo sería precipitado, pero ignorar las señales tampoco parece una demostración de inteligencia. Europa tiene problemas reales, desigualdad, dificultades de acceso a la vivienda, desconfianza institucional, tensiones culturales y una creciente polarización. Problemas que exigen soluciones, no gasolina retórica ni dirigentes que confundan gobernar con sobrevivir al siguiente titular.
Y mientras tanto, algunos políticos parecen convencidos de que el incendio siempre afectará al edificio de enfrente. Como si la inestabilidad tuviera ideología, respetara fronteras o pidiera permiso antes de extenderse.
Por eso conviene recordar que la democracia no consiste en que todos pensemos igual, sino en que podamos discrepar sin convertir al adversario en enemigo. Cuando las instituciones pierden credibilidad, la convivencia se deteriora y la violencia empieza a justificarse, las barbas que corren peligro ya no son solamente las del vecino.
La historia no siempre se repite, pero suele dejar pistas para quien quiera observarlas.
Y termino con una reflexión atribuida a Alejandro Magno: «No temo a un ejército de leones dirigido por una oveja; temo a un ejército de ovejas dirigido por un león».
Aunque, viendo cómo anda el patio, quizá deberíamos preguntarnos algo más: ¿quién está conduciendo el rebaño, hacia dónde lo lleva y quién tendrá que pagar los desperfectos cuando llegue el momento de pasar la factura? Saca tus propias conclusiones.
Porque, cuando las barbas del vecino están en remojo, lo sensato no es aplaudir desde la ventana.
Es comprobar si tenemos agua en casa… y, sobre todo, quién anda jugando con las cerillas.
Salva Cerezo