En España ya no hace falta ver Los Soprano ni documentales sobre la camorra siciliana. Basta con encender el telediario y echar un vistazo a la Moncloa, convertida en versión ibérica de una casa rural “todo incluido”, pero para uso exclusivo del clan Sánchez.
Porque, de casta le viene al galgo, el hermano que vive allí mientras declara residencia fiscal en Portugal para no pagar impuestos, la esposa japonesa que se desplaza con los servicios de transporte de presidencia… y, claro, el perro de la familia esperando que algún día le den también chófer oficial.
Pero la película no acaba ahí. Mientras el cortijo presidencial funciona a pleno rendimiento, en el Ministerio de Igualdad deciden hacer un “ahorro creativo” en tecnología. Las pulseras de alejamiento, esas que deberían proteger a las víctimas de violencia machista, han resultado ser tan fiables como una calculadora sin pilas.
La ministra, con tono de profesora indulgente, resta importancia: “Bah, solo ha fallado en el 1% de los casos”. Traducido al castellano: 44 maltratadores han estado de paseo libre, a lo Willy Fog, ignorando la pulsera como quien se salta una dieta.
Eso sí, tranquilidad absoluta. El mismo gobierno que convierte la Moncloa en albergue familiar, que improvisa con la seguridad de las mujeres, y que se ofende cuando se le compara con clanes sicilianos, tiene una respuesta infalible: “no es para tanto”.
Y puede que tengan razón… no es para tanto, salvo que seas una de esas 44 mujeres a las que el Estado dejó desprotegidas mientras los fondos, quizá, iban destinados a otros menesteres más “urgentes”: propaganda, asesores o viajes a cuenta del contribuyente.
En resumen, un país donde la familia presidencial se instala como en un resort, y el ministerio que debía ser estandarte del feminismo falla en lo esencial. Y aún se preguntan por qué la confianza de muchos en este gobierno hace aguas.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 19/09/2025

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