El independentismo catalán, siempre innovador en su victimismo, ha decidido actualizar su eslogan estrella. Como quien cambia de melodía en el móvil para no aburrirse, ahora toca dejar atrás el desgastado “España nos roba” y estrenar el fresco y rompedor “Andalucía nos roba”. Qué sería de Cataluña sin su capacidad para reinventarse… al menos en el arte de buscar culpables.
Resulta entrañable recordar que muchos de esos que hoy agitan la bandera del agravio son nietos de aquellos andaluces, murcianos y extremeños que, pala en mano, hicieron crecer la industria catalana mientras la avispada familia Pujol perfeccionaba el noble arte del tres per cent. Y mientras se cocinaba el “oasis catalán”, se decidió que era mejor llenar los campos de magrebíes que permitir que en el Maresme se siguiera oyendo demasiado castellano. Una jugada maestra, importar mano de obra para tapar la lengua incómoda.
Ahora, claro, los nietos de aquellos trabajadores se han convertido en el nuevo enemigo interno. La exclusión se recicla, como si fuera vidrio, primero fue España, luego Madrid, y ahora, por qué no, Andalucía. El caso es mantener la narrativa de que la culpa siempre viene de fuera, aunque el “fuera” sean tus propios orígenes.
Lo paradójico es que la Cataluña que presume de cosmopolitismo parece haber olvidado que su riqueza se levantó sobre las espaldas de los mismos a quienes ahora señala con el dedo. Y mientras tanto, el discurso oficial se convierte en un sainete digno de Arniches: un pueblo que se divide entre “los nuestros” y “los otros”, aunque ambos compartan abuelos, sudor y raíces. Por lo tanto lo único que roba es el discurso político, que nos hurta el sentido común.
En fin, el independentismo es como Netflix, cada temporada necesita un nuevo villano para mantener la trama. Y si toca que el malo de moda sea Andalucía, pues adelante. Total, lo importante no es resolver problemas, sino inventar enemigos.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 01/10/2025

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