La Navidad está llena de tradiciones entrañables, el belén, los villancicos, la familia discutiendo sobre política antes del postre… y, por supuesto, el aguinaldo, esa costumbre tan inocente en apariencia como peligrosa en la práctica, sobre todo si uno mide poco más de metro y medio y confía demasiado en la hospitalidad ajena.
El aguinaldo no es un invento moderno ni una excusa para sacar unas monedas al bolsillo. No. Esto viene de lejos, de Roma nada menos, donde ya sabían vivir bien. Allí se repartían las strenae, regalos acompañados de buenos deseos, felicitaciones y una fe ciega en que el año nuevo empezaría con buen pie. Incluso tenían diosa propia: Strenia, responsable oficial de la buena suerte y la buena salud. Lo que no sabemos es si también se encargaba de las jaquecas del día siguiente.
De strena nos quedó la estrena, palabra preciosa que aún sobrevive en la Comunidad Valenciana, y de ahí estrenar, que no es solo empezar algo, sino empezarlo bien. Al menos en teoría. Porque ya sabemos que entre la teoría y la práctica suele mediar una copita “solo para brindar”.
El aguinaldo evolucionó y se institucionalizó.
Primero fue el patrón bondadoso que premiaba al trabajador con la paga extra de Navidad, antes de que Hacienda decidiera también “participar de la tradición”. Luego llegaron las cestas navideñas con turrón duro como el mármol, cava que nadie sabe cuándo abrir y una lata de melocotón en almíbar que sobrevive hasta Semana Santa.
Pero el aguinaldo más auténtico, el verdaderamente popular, es el infantil: niños recorriendo casas, cantando villancicos y recibiendo monedas, dulces… y a veces algo más. Porque aquí es donde la tradición se vuelve creativa. Muy creativa.
Recuerdo, con un dolor de cabeza que todavía viaja en el tiempo cómo, con apenas doce años, participé con entusiasmo excesivo en esta costumbre. Grupo de amigos, veinte casas, veinte sonrisas… y veinte “copitas de anís, que esto no hace daño”. Claro que no. Una no. Ni dos. El problema es cuando el espíritu navideño se mide en grados.
Resultado: el único “pedo” de mi vida, digno de estudio clínico y advertencia sanitaria. Villancicos desafinados, turrón mezclado con mareo y una lección vital aprendida demasiado pronto. Tan eficaz fue el escarmiento, que no he vuelto a probar una gota de alcohol jamás.
El aguinaldo, además de tradición, fue terapia de choque.
Moraleja navideña:
el aguinaldo es cultura, historia y convivencia… pero también demuestra que, en este país, la hospitalidad siempre ha ido un paso por delante de la prudencia.
Eso sí, gracias a él aprendimos a cantar, a compartir… y algunos, a vivir sobriamente para siempre.
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 23/12/2025

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