Dicen que hay un momento en la vida en el que uno recoge lo que ha sembrado. Un instante inevitable en el que las excusas caducan, las hemerotecas despiertan y los juzgados se convierten en el lugar más concurrido después de una final del Mundial. Y parece que, para algunos habitantes de La Moncloa, ese momento ha empezado a asomar por el horizonte con la puntualidad de un reloj suizo.
Mientras media España cuenta las horas para esa final soñada, en los tribunales se siguen acumulando declaraciones, testimonios y caras largas.
Hay ministros que ya no distinguen entre una rueda de prensa y una rueda de reconocimiento. Se diría que algunos miembros del Gobierno viven estos días con la tranquilidad de un cerdo en vísperas de San Martín: comen, sonríen para la foto y procuran no preguntar qué día es.
La política española tiene esa extraña capacidad de convivir con dos realidades paralelas. En una, el país entero se prepara para celebrar una posible gesta deportiva. En la otra, los pasillos judiciales registran más movimiento que las rebajas de enero. Es nuestro particular multiverso patrio: el del gol y el del folio judicial.
Sin embargo, lo que más me ha enternecido esta semana ha sido la admirable previsión gubernamental. Nuestros diligentes gobernantes, siempre preocupados por el bienestar de los ciudadanos, han elaborado una completa lista de posibles sanciones derivadas de las celebraciones espontáneas si España levanta la copa. Que si subirse a una farola, que si invadir una fuente, que si bailar encima del capó del coche del cuñado, sacar banderas por las ventanillas de los coches…
Es reconfortante comprobar semejante eficacia administrativa. Uno imaginaba a varios funcionarios trabajando sin descanso en un sótano ministerial:
—¿Y si alguien abraza a un desconocido en la calle?
—Multa.
—¿Y si canta el «Yo soy español» desafinando?
—Depende del tono, pero multa preventiva.
—¿Y si el Rey se emociona?
—Consultemos al Constitucional.
La pregunta inevitable es: si se preocuparan de todo con la misma intensidad, quizá las listas de espera serían más cortas, las infraestructuras más fiables y las explicaciones parlamentarias algo más convincentes. Pero no. Parece que la prioridad nacional es impedir que un español eufórico utilice una señal de tráfico como improvisado palco de honor.
Entretanto, algunos asesores hacen cuentas. No las del marcador de la final, sino las de las próximas comparecencias judiciales. Porque el fútbol tiene noventa minutos, pero la justicia española, cuando se pone, es como las novelas rusas: larga, complicada y con demasiados personajes.
Ernest Hemingway escribió una vez: «Si el pueblo español tiene algún rasgo común es el orgullo, y si tiene otro es el sentido común». Quizá por eso seguimos siendo un país tan difícil de domesticar. Podemos discutir de política hasta la extenuación, discrepar en todo y sospechar de todos, pero cuando llega la hora, esa hora con mayúsculas, siempre aparece algo que nos recuerda quiénes somos.
Y ha llegado la hora.
La hora de una final que volverá a unir a millones de españoles delante de una pantalla. La hora de los nervios, de las banderas en los balcones y de los abrazos improvisados. La hora en la que algunos descubrirán que es más fácil controlar una celebración popular que contener el paso del tiempo.
Porque hay dos relojes que nunca se detienen: el del árbitro cuando pita el inicio de una final y el de la historia cuando llama a la puerta.
Y ambos, curiosamente, parecen haber sonado esta misma semana.
Salva Cerezo