El mundo entero celebra la tregua en la guerra en el estrecho de Ormuz, mientras Jessica nos enseña como ganar sueldos sin asistir al trabajo a costa de nuestros impuestos.
Dicen que el bosque siempre avisa.
Pero claro, también dicen muchas cosas… y nosotros estamos demasiado ocupados discutiendo en redes, firmando acuerdos que nadie lee y creyendo que la historia es algo que les pasó a otros, en blanco y negro y con bigote.
Porque sí, hubo un tiempo en que Europa era un bosque ejemplar, civilizado, culto, sofisticado… convencido de que el progreso había convertido la guerra en una reliquia incómoda.
Y entonces llegó un pequeño incidente sin importancia, uno de esos que hoy sería tendencia durante dos días, y acabó desembocando en la encantadora experiencia conocida como Primera Guerra Mundial.
Pero tranquilos, que no fue culpa de nadie.
Fue el destino.
O el clima.
O quizá una mala alineación de planetas.
Nunca una cadena de decisiones irresponsables sostenidas en la arrogancia colectiva.
Casi un siglo después de otra guerra mundial, el bosque vuelve a estar en calma.
Esa calma tan tranquilizadora que precede a todo lo que nunca pasa… hasta que pasa.
En un claro del bosque, Irán juega a ese deporte tan moderno de tensar la cuerda sin romperla, mientras el resto debate si la cuerda existe o es un constructo social.
Más allá, entre sombras largas y movimientos lentos, Rusia observa con la paciencia de quien sabe que el tiempo es el mejor aliado… sobre todo cuando los demás lo desperdician.
Y al fondo, casi sin hacer ruido, China hace algo mucho más sofisticado, no compite por el bosque… lo compra poco a poco, árbol a árbol, raíz a raíz.
Pero que nadie se alarme.
Aquí lo importante es mantener la calma… y el relato.
Porque si algo hemos perfeccionado como especie no es la inteligencia, ni la cooperación… sino la capacidad de explicar lo evidente para no tener que afrontarlo.
Antes de 1914: “Nadie sería tan imprudente como para provocar una guerra global.”
Hoy, “Nadie tiene interés en desestabilizar el mundo.”
Y en ambos casos, todos tenían razón.
Nadie quería el desastre.
Solo estaban haciendo exactamente lo necesario para que ocurriera.
Las viejas profecías del bosque no hablaban de guerras, ni de países, ni de ideologías.
Hablaban de patrones.
De cómo el ser humano tropieza siempre con la misma piedra… pero cada vez con mayor sofisticación tecnológica.
Antes eran cañones.
Ahora son algoritmos, energía, información y dependencia económica.
El resultado, curiosamente, promete ser igual de “inesperado”.
Y mientras tanto, el ciudadano moderno. esa criatura informada, conectada y profundamente tranquila, pasea por el bosque mirando su pantalla, convencido de que, si algo grave fuera a pasar, alguien lo habría avisado.
Con un titular.
Con una alerta.
Con un experto en televisión.
Lo que no termina de entender es que el bosque nunca avisa así.
El bosque avisa en silencio.
Y cuando por fin se escucha el crujido…
ya no es una advertencia.
Es el árbol cayendo.
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 09/04/2026

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