Hoy, entre sorbo y sorbo de café frente al mar, me topé con una frase de Mark Twain que, como casi todo lo que escribió, tiene más verdad que un debate político en campaña: “La vida sería infinitamente más feliz si pudiéramos nacer a los 80 años y acercarnos gradualmente a los 18”.
Y ahí me quedé pensando: ¿no será este el auténtico huevo de Colón de la existencia? Esa ocurrencia tan simple que nadie había caído en ella… porque claro, ¿qué sentido tiene acumular experiencia cuando ya nos empiezan a fallar las rodillas? Es como recibir el manual de instrucciones de la vida justo cuando la batería se está agotando.
Se nos repite que “la experiencia es un grado”, sí, pero un grado que se recibe en la universidad equivocada: la de la vejez. Un título que, cuando al fin lo obtienes, ya no sirve para opositar ni para seducir. Es la paradoja vital: aprendemos a nadar cuando ya nos estamos ahogando.
Imaginen por un momento que el guion se reescribe: nacemos viejos, con canas y achaques, pero con una sabiduría enciclopédica. A medida que pasan los años, nos vamos volviendo jóvenes, más fuertes y más libres. Vamos, un proceso inverso en el que podríamos aplicar la experiencia en el momento justo: ligando con conocimiento de causa, trabajando con astucia y disfrutando del tiempo sin hipotecarlo. Pero claro, eso sería demasiado justo… y la justicia nunca fue el fuerte de la naturaleza.
Lo cierto es que, aunque soñemos con ese mundo al revés, seguiremos topándonos con la misma frustración: el “si pudiera nacer de nuevo con lo que sé ahora…”. Una frase tan repetida que ya debería figurar en las lápidas.
Al final, la vida es un huevo de Colón: una idea evidente que descubrimos demasiado tarde. Y, mientras tanto, no nos queda otra que seguir rompiendo cáscaras con la frente, con la ilusión de que la próxima vez nos salga una tortilla perfecta.
Salva Cerezo