Dicen que en política lo importante no es lo que haces, sino cómo lo vendes. Y en eso, Pedro Sánchez se ha convertido en todo un David Copperfield del discurso institucional, ya que hace aparecer logros donde había humo, desaparece responsabilidades con una capa de invisibilidad y convierte una sala vacía en un mar de aplausos imaginarios. Es magia, pero sin conejo, sin chistera y, sobre todo, sin público. Porque el pasado domingo, el presidente decidió dar una lección magistral… a las paredes.
La convocatoria fue solemne. El mensaje, grandilocuente. El auditorio, fantasmal. Pedro, en solitario, anunciaba su “hazaña” ante la OTAN, no destinará el 5% del PIB a defensa, sino el 2,1% dixit. ¡Rebeldía con causa! ¡Victoria diplomática! ¡Valentía presidencial! Eso sí, nadie explicó que el 2,1% ya era lo acordado, lo esperado… y lo autorizado. Pero en la Moncloa se celebró como si hubiera desactivado una guerra mundial con la fuerza de su ceja izquierda.
Sus palmeros, que cada vez son más de palmera artificial y menos de carne y hueso, aplaudieron como si hubiéramos recuperado Gibraltar, ganado Eurovisión o encontrado petróleo en la Plaza Mayor. Algunos incluso rompieron a llorar de emoción… aunque puede que fuese del bochorno.
Y mientras el país bosteza entre sobresaltos judiciales, facturas imposibles y ministros que parecen salidos de un casting de Sálvame, Pedro sigue creyendo que puede disfrazar el hundimiento de travesía, el derrumbe de evolución y la mentira de estrategia. Porque en su mundo perfecto, el del relato sin fisuras, los hechos son lo de menos, lo importante es quién controla la cámara y el micrófono.
Pero claro, ¿qué sería del mundo si fuera perfecto? Seguramente insoportable. Por eso desde los tiempos de Adán y Eva venimos tropezando con la misma serpiente: poder, mentira, más poder, otra mentira y el aplauso de turno. Cambian los trajes, las siglas y las redes sociales, pero la esencia es la misma. ¿El pueblo? Ahí, entre resignado y encabronado, esperando el próximo truco.
Y es que como reza un sabio refrán gitano: “No quiero a mis hijos con buenos principios”. Y tal vez tengan razón. Porque los malos comienzos curten, enseñan a desconfiar y, sobre todo, a no tragarse discursos vacíos de un presidente que necesita cada vez más humo para ocultar el incendio del que dice que no sabía nada.
Pedro, maestro de la prestidigitación narrativa, no se cansa. Pero el público empieza a levantarse de la silla. Y no precisamente para aplaudir.
Salva Cerezo