Existe una vieja costumbre muy española, al igual que pasa con la política, cuando algo funciona, explotarlo hasta que deje de hacerlo. Y entonces crear una comisión de investigación.
Durante décadas, el Mar Menor fue un pequeño milagro natural. Sus aguas transparentes, sus caballitos de mar y sus praderas submarinas convivían con pescadores, turistas y vecinos que crecieron creyendo que aquella joya estaría allí para siempre.
Pero confundimos resistencia con inmortalidad.
Llegaron el desarrollismo, la fiebre urbanística y una agricultura cada vez más productiva. Todos nos beneficiamos, directa o indirectamente, del progreso. El problema apareció cuando empezamos a comportarnos como si la naturaleza tuviera una tarjeta de crédito sin límite.
Durante años se vertieron nutrientes que el ecosistema fue absorbiendo en silencio, hasta que dejó de poder hacerlo. Entonces apareció la famosa «sopa verde», llegaron las DANAS, las imágenes de peces muertos y la indignación colectiva. Descubrimos, sorprendidos, que las consecuencias también existen.
Hoy sabemos que el problema no está solo en lo que sigue entrando al Mar Menor, sino en lo que quedó acumulado en sus fondos tras décadas de mirar hacia otro lado. Como ocurre con los malos hábitos, dejar de cometer errores es imprescindible, pero no borra de inmediato sus efectos.
Se están tomando medidas y algunas empiezan a dar resultados. El agua es más transparente que en los peores momentos de la crisis. Sin embargo, quien prometa soluciones milagrosas debería dedicarse a vender crecepelo.
La recuperación será lenta. Puede requerir una o dos décadas de esfuerzo continuado, investigación científica y decisiones valientes que vayan más allá del calendario electoral.
Porque el Mar Menor no entiende de ideologías ni de campañas publicitarias. La naturaleza tiene la incómoda costumbre de presentar la factura, aunque tarde años en hacerlo.
Y esa factura ya ha llegado. Pero la buena noticia es que el paciente sigue vivo. La obligación moral es no volver a enfermarlo por la misma mezcla de codicia, improvisación y cortoplacismo que lo trajo hasta aquí.
El Mar Menor no necesita héroes de fin de semana ni culpables a tiempo parcial. Necesita responsabilidad colectiva y memoria como pasa con la historia, para evitar repetirla .
Porque cuidar aquello que heredamos es, probablemente, la forma más inteligente de demostrar que hemos aprendido algo de nuestros errores.Creo que el verdadero mensaje es que no se trata de buscar un único villano, sino de comprender que muchos pequeños «no pasa nada»… acumulados durante décadas terminan convirtiéndose en un gran problema. Y esa lección sirve tanto para el
Mar Menor como para la sociedad en general.
Espero que, dentro de unos años, podamos decir que esta vez sí fuimos capaces de aprender antes de que fuera demasiado tarde. Lo importante no es la velocidad, sino la dirección.
Salva Cerezo