Durante años nos vendieron que Nicolás Maduro vivía amenazado por el “imperialismo yanqui”. Error de guion. El verdadero peligro no venía del norte, sino del sur… y hablaba con acento cubano.
La famosa escolta de militares cubanos, esos que fueron abatidos, no estaba allí para proteger al presidente venezolano, sino para vigilar que no se escapara con la lengua suelta. Su misión real era evitar que huyera o, en caso de duda, silenciarlo para siempre. Maduro lo sabía. Por eso, cuando aterriza en suelo estadounidense, sonríe, saluda y desea Happy New Year. No era euforia, sino alivio. Lo habían rescatado de una muerte anunciada.
El miedo en La Habana no es a Estados Unidos, sino a que Maduro confirme lo que es un secreto a voces, que el narcotráfico no fue un desliz ideológico, sino una política de Estado desde los años 80, cuando Fidel Castro jugaba al ajedrez geopolítico con cocaína, armas soviéticas y guerrillas latinoamericanas. Reagan protestó con una nota diplomática, Castro fusiló a unos subordinados y aquí paz… y después gloria.
Con Chávez, el negocio se modernizó y se internacionalizó. Petróleo, oro, uranio, financiación política, terrorismo “solidario” y una larga lista de amigos interesados que, curiosamente, no estaban en Venezuela para aprender a hacer arepas.
Ahora el problema es que Maduro va a cantar. Y cuando canta alguien que lo sabe todo, muchos afinan nerviosos el silencio. Porque su testimonio puede dejar en evidencia a dirigentes, partidos y causas que durante años miraron hacia otro lado mientras el régimen bolivariano se convertía en una dictadura narcoterrorista con vocación global.
Moraleja: a veces el mayor peligro no es el enemigo exterior, sino el aliado que sabe demasiado. Y ese, cuando se siente a salvo, suele hablar.
Salva Cerezo