Vivimos en la era de la información… o, mejor dicho, en la era de la indigestión informativa. Porque una cosa es tener datos, y otra muy distinta es tener tiempo para masticarlos sin que te dé una sobredosis de titulares, tertulianos y expertos de barra de bar con WiFi.
Hace muchos años, el conocimiento se duplicaba cada cien años. Un ritmo elegante, casi aristocrático. Permitía que el abuelo explicara la vida al nieto sin necesidad de subtítulos ni actualizaciones de software. Hoy, en cambio, el conocimiento se duplica cada seis meses. Traducido al lenguaje moderno, cuando has entendido algo… ya está obsoleto, o eso de: «cuando me sabía todas las respuestas, me cambiaron las preguntas».
Así hemos conseguido el mayor logro de la humanidad, que dos hermanos con tres años de diferencia vivan en universos paralelos. Uno habla en “memes” y el otro todavía intenta terminar una frase sin emoticonos. La evolución, lejos de unirnos, nos ha convertido en una especie de Torre de Babel con fibra óptica.
Y en medio de este festival del desconcierto aparecen ellos, los “notarios de la información”. Esos seres iluminados que nos explican qué pensar, cuándo indignarnos y a qué hora cambiar de opinión. Filtran, ordenan y simplifican el caos… lo cual sería fantástico si no fuera porque, de paso, también pueden cocinar la realidad al gusto del consumidor o del patrocinador de turno.
Porque claro, donde hay confusión, hay negocio. Y donde hay ruido, hay quien pesca. Los depredadores de la manipulación no necesitan mentir, les basta con saturar. Es el arte moderno de la desinformación, no ocultar la verdad, sino enterrarla bajo toneladas de datos irrelevantes hasta que el ciudadano, agotado, se rinda y diga: “Mira, ponme lo que tú quieras, pero que sea fácil de digerir”.
Y así, poco a poco, vamos delegando el pensamiento. Que pensar cansa, y además no viene con instrucciones ni garantía.
Pero aquí llega la gran ironía de todo este asunto, el ser humano, obsesionado con controlar el futuro, vive en un mundo que se alimenta precisamente de lo imprevisible. Hacemos planes a cinco años vista… en una realidad que cambia cada cinco minutos. Diseñamos estrategias… para escenarios que ya no existen cuando terminamos de diseñarlas.
Queremos seguridad en un universo cuya única ley constante es la sorpresa.
Y ahí está la clave. Porque, nos guste o no, la vida no es un Excel. No se puede predecir, ni ordenar, ni reducir a un algoritmo sin perder su esencia. La magia, esa que tanto incomoda a los amantes del control, reside precisamente en lo inesperado.
Quizá el verdadero problema no sea la sobreinformación, ni la manipulación, ni siquiera la velocidad del conocimiento.
Quizá el problema es que hemos olvidado convivir con la incertidumbre.
Porque mientras unos intentan dominar el relato, la realidad, caprichosa, indomable, sigue haciendo lo único que sabe hacer: sorprender.
Y menos mal. Porque el día que todo sea previsible… ya no será vida.
Será programación.
Salva Cerezo