Hay algo profundamente conmovedor en saber que nuestros impuestos no descansan. No señor. Trabajan duro. Muy duro. Sobre todo para financiar películas que no ve nadie.
En 2025 se subvencionaron 387 películas españolas que no alcanzaron ni 1.000 euros de recaudación. Ciento seis de ellas apenas superaron los 100 euros en taquilla. Es decir, más público tuvo la comunión de mi sobrino Paco que algunas de estas superproducciones de autor introspectivo con plano fijo de una pared desconchada durante siete minutos.
Pero no pasa nada. Porque lo importante no es que el público vaya al cine. Lo importante es que el cine vaya al BOE.
Vivimos un momento glorioso con récord histórico de subvenciones al espectáculo cinematográfico… y récord histórico de indiferencia del espectador. Una simbiosis perfecta. El Estado produce, el ciudadano paga y la sala permanece en ese silencio solemne que ni en el cine mudo.
Y claro, surge la gran pregunta herética:
Si una película necesita al contribuyente para sobrevivir… ¿es cultura o es UCI creativa?
El cine que conecta con la gente se financia solo. Arriesga, convence, emociona. El que no conecta, en un mercado normal, desaparecería. Pero aquí no. Aquí tenemos respiración asistida presupuestaria. Porque si el público no va, se le sustituye por la subvención. Mucho más obediente y no protesta.
Lo verdaderamente fascinante es la coherencia del modelo. Primero se regala un bono cultural juvenil de 400 euros. Después se financia un cine que nadie ve. Y si el joven no encuentra trabajo, siempre podrá dedicarse a rodar una película subvencionada sobre la angustia existencial del colibrí urbano en fase deconstruida. El círculo perfecto.
Clientelismo con nuestros impuestos. Una industria que no depende del espectador, sino del despacho. Un sistema donde el éxito no se mide en entradas vendidas, sino en convocatorias aprobadas.
Y luego nos dicen que esto es fomentar la cultura.
No, hombre, no.
Esto es fomentar la dependencia.
Porque cuando el creador no depende del público, depende del poder. Y cuando el joven no depende de su esfuerzo, depende del subsidio. Y cuando todo depende del Estado… el Estado se convierte en productor, crítico y espectador único.
Un monopolio emocional.
Lo llaman industria cultural.
Pero tiene más de ministerio que de industria.
Eso sí, tranquilidad. Siempre quedará la gala de premios donde todos se aplauden entre ellos y hablan de política. Público no habrá, pero ovaciones internas no faltarán.
Y nosotros, desde el sofá, financiando el espectáculo sin entrada… pero con cargo en nómina.
Como decía el refrán:
“Invita el que no paga.”
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 02/03/2026

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