El rencor es una emoción curiosa. Tan curiosa que cree ser justiciera cuando en realidad es suicida. Como bien recordaba Álex Rovira, el rencor vive convencido de que castiga al otro, cuando en realidad se dedica a devorar a quien lo alberga. Y, a veces, ese rencor se pone zapatillas, coge un rifle y decide salir a pasear por la playa.
Bondi Beach. Sol, verano, chanclas abandonadas, tablas de surf huérfanas y bicicletas tiradas como si alguien hubiese gritado “¡sálvese quien pueda!”. Y alguien lo hizo. Pero no fue el mar embravecido ni una tormenta repentina. Fue el odio, que siempre llega sin avisar y nunca viene solo.
Dos terroristas decidieron que una celebración religiosa, la Janucá, era un objetivo legítimo. Porque hay mentes tan pequeñas que confunden una fiesta de luz con una provocación. Desde un puente, como si el odio necesitara altura para sentirse importante, comenzaron a disparar contra judíos… y contra todo lo que respiraba cerca. El rencor no distingue, mata igual a un rabino que a un niño, igual a un creyente que a un bañista despistado.
Nueve minutos duró la barbarie. Nueve minutos en los que la humanidad volvió a demostrar que ha inventado muchas cosas maravillosas, pero sigue sin saber convivir con el que reza distinto, piensa distinto o simplemente existe distinto.
Y entonces ocurrió lo verdaderamente incómodo para los fanáticos, apareció un héroe. Sin manifiesto, sin consignas, sin rifle propio. Ahmed al Ahmed. Un hombre que nunca había tocado un arma y que decidió hacer lo que los cobardes armados jamás hacen, proteger vidas. Les arrebató el rifle. No por ideología, sino por humanidad. Ese detalle que tanto molesta a los que necesitan enemigos para justificar su vacío.
El terrorismo antisemita, como cualquier terrorismo, no nace de la religión ni de la política, sino del fracaso moral. De personas que confunden identidad con superioridad y dolor propio con derecho a matar. De individuos que creen que el mundo les debe algo y cobran la deuda en sangre ajena.
Mientras tanto, los líderes condenan, los comunicados se repiten y las redes hierven durante 24 horas. Luego llega otra noticia y el horror se archiva. Pero el rencor sigue ahí, esperando a otro puente, otra fiesta, otra excusa.
Quizá algún día entendamos que el verdadero enemigo no es el otro, sino esa vieja costumbre humana de odiar para no pensar. Hasta entonces, seguiremos recogiendo chanclas del suelo, contando muertos y llamando “inexplicable” a lo que, por desgracia, es demasiado humano.
Dalva Cerezo

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Última Actualización: 15/12/2025

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