Hay derrotas que duelen y otras que escuecen. Y luego está perder una final contra España después de pasarte un mes entero escuchando que si Maradona era inmortal, que si Messi camina sobre las aguas y que el mate debería ser declarado patrimonio inmaterial de la humanidad.
Anoche, en Nueva York, Argentina descubrió que el tango tiene un pequeño inconveniente: cuando suena un pasodoble a todo volumen, es muy difícil seguir el compás.
España levantó el Mundial por la mínima, con ese resultado tan español de los años de la escasez: un humilde 1-0. Porque nosotros somos así. Cuando podemos ganar por cuatro, preferimos hacerlo sufriendo hasta el minuto noventa y tres para mantener viva la industria nacional de los cardiólogos.
Las calles de España se llenaron de banderas, abrazos y claxonazos, mientras en Buenos Aires comenzaban a buscar explicaciones metafísicas. Algunos culparon al árbitro, otros al VAR y los más imaginativos a una conspiración internacional dirigida por Felipe VI, Carlos Alcaraz y un señor de Cuenca que lleva cuarenta años viendo todos los partidos con la misma camiseta.
Hay que reconocer que Argentina llegó a la final con galones. Habían sobrevivido a Inglaterra, sorteado a Suiza y aterrizado en el partido decisivo convencidos de que el destino les debía otra página gloriosa. Pero se encontraron con algo mucho más peligroso que el destino: una selección española que había decidido poner de acuerdo a cuarenta y ocho millones de seleccionadores nacionales.
Durante noventa minutos desaparecieron las ideologías, los pactos parlamentarios y hasta los debates sobre la tortilla con o sin cebolla. La única amnistía aceptada por los españoles fue la concedida a quien se subiera a una farola con una bandera al cuello.
Y, por supuesto, no podía faltar la política. Desde Moncloa intentaron apuntarse el tanto con la rapidez habitual de quien ve una cámara de televisión a menos de cien metros. No sería extraño que en las próximas horas aparezca algún portavoz explicando que el gol fue fruto de una política deportiva sostenible, inclusiva y resiliente.
Mientras tanto, en la Casa Rosada, alguien debió recordar aquella vieja máxima: «No llores por mí, Argentina». Aunque, siendo sinceros, anoche tenían motivos suficientes para desafinarla.
España es campeona del mundo. Otra vez el español fue el idioma de la final. Otra vez millones de personas celebraron al unísono. Y otra vez quedó demostrado que este país podrá discutir sobre absolutamente todo, excepto sobre una cosa: cuando rueda un balón, hasta el más escéptico termina creyendo en los milagros.
Porque el último tango, queridos amigos, no se bailó en Buenos Aires.
Se bailó con pasodoble.
Y llevaba una estrella más bordada en el pecho.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 20/07/2026

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