«Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo.»
Proverbio chino.
Hay una habilidad que nuestros políticos han perfeccionado hasta convertirla en disciplina olímpica: conseguir que hablemos exactamente de lo que les interesa… y olvidemos lo que realmente importa.
Esta semana tocaba corrupción. Los escándalos que rodean al Gobierno, las investigaciones judiciales y las incómodas explicaciones pendientes amenazaban con monopolizar la conversación. Pero, de repente, apareció el viejo truco del trilero político y, mientras una mano agita los votos CERA y la regularización de inmigrantes, la otra guarda cuidadosamente debajo de la mesa las noticias que más incomodan.
Y lo más curioso es que el Partido Popular, en vez de promover una moción de censura, ha vuelto a entrar al trapo con el entusiasmo de un toro en San Fermín.
Resulta casi enternecedor observar cómo la oposición acepta discutir el menú mientras el chef ha incendiado la cocina. El PSOE cambia el foco, el PP recoge el guante, los tertulianos se dividen en dos bandos irreconciliables y las redes sociales echan humo… mientras la corrupción disfruta de unas inesperadas vacaciones mediáticas.
Es la política del «mire usted allí». Y allí vamos todos, obedientes, como turistas siguiendo al guía con el paraguas levantado.
Los votos CERA pasan a ser la gran amenaza para la democracia. La regularización extraordinaria de inmigrantes se convierte en el debate definitivo del siglo. Y mientras tanto, los presuntos casos de corrupción esperan pacientemente su turno, como quien coge número en la carnicería.
No deja de tener mérito. Cuando un Gobierno consigue que se deje de hablar de sus problemas para discutir sobre cualquier otra cosa, demuestra que domina el arte de la distracción. Cuando además la oposición colabora voluntariamente en la maniobra, ya no estamos ante un truco de magia, sino ante una función de teatro perfectamente ensayada.
Porque la mejor cortina de humo no es la que fabrica el ilusionista. Es aquella que el espectador ayuda a sostener.
Mientras unos buscan desesperadamente votos donde sea, otros parecen empeñados en perder la oportunidad de exigir explicaciones donde más falta hacen.
Al final, la sensación es la de contemplar a dos pescadores discutiendo por el tamaño del anzuelo mientras el barco hace agua por todas partes.
Y el ciudadano, que paga el combustible de la embarcación, observa cómo la tripulación debate apasionadamente sobre la dirección del viento sin reparar en que el casco lleva tiempo lleno de grietas.
Quizá algún día descubramos que el verdadero voto perdido no era el del CERA, ni el del inmigrante recién regularizado.
Era el voto de la confianza.
Ese que se extravía cuando la estrategia pesa más que la verdad, cuando la propaganda sustituye a las explicaciones y cuando unos distraen… mientras otros se dejan distraer.
Salva Cerezo