Dicen que la justicia es ciega. Pero a veces uno sospecha que, más que ciega, va con gafas de sol de marca y mirando hacia otro lado.
En este país nuestro, donde la imaginación política no tiene límites pero la coherencia sí, asistimos a una curiosa paradoja, hay quienes, tras cruzar ciertas líneas rojas, encuentran un pequeño oasis de confort entre barrotes… mientras otros, tras toda una vida trabajando, sobreviven en un desierto sin sombra ni agua.
Porque claro, uno podría pensar, ingenuo de él, que cometer un delito implica perder comodidades. Qué antiguo suena eso. Hoy en día, dependiendo del “pack penitenciario”, puedes encontrarte con gimnasio, actividades lúdicas, formación, asistencia completa… y, en algunos casos, más estabilidad que la que tiene un pensionista medio al final de mes.
Mientras tanto, fuera de esas paredes acolchadas por el sistema, nuestros mayores hacen auténtico malabarismo financiero, tener que elegir entre calefacción o comida, entre medicinas o un pequeño capricho que les recuerde que siguen vivos. Centros de mayores que más parecen reliquias de otra época, con recursos escasos y listas de espera que desesperan hasta al más paciente. Curiosa dicotomia.
Eso sí, que nadie se equivoque, aquí no se trata de cuestionar la reinserción, ese noble objetivo que todos defendemos. Faltaría más. El problema es cuando la balanza se inclina tanto que parece una broma de mal gusto. Cuando el mensaje implícito no es “rehabilitar al que cayó”, sino “igual no estabas tan mal entrando por la puerta equivocada”.
Y es ahí donde uno recuerda ese viejo refrán: “Cría fama y échate a dormir”. O mejor aún, podríamos actualizarlo a los tiempos modernos: “Cotiza toda la vida… y búscate la vida”.
Porque resulta curioso que quien ha contribuido durante décadas al sistema, sosteniendo con su esfuerzo la estructura social, acabe recibiendo migajas… mientras el sistema se muestra sorprendentemente generoso con quien lo quebró.
Pero tranquilos, que todo esto seguro que tiene una explicación técnica, un informe detallado, una comisión de expertos… o, en su defecto, un buen titular que lo justifique todo.
Al final, lo que queda es esa sensación incómoda de estar viviendo en un espejo deformado, donde los valores se retuercen y las prioridades se invierten. Un lugar donde algunos están entre rejas… pero no necesariamente peor que quienes están fuera.
Y entonces surge la gran pregunta, incómoda pero inevitable:
¿Quién está realmente atrapado? ¿Y si se cambiaran los papeles?.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 26/04/2026

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