Dicen que «cada loco con su tema», y viendo el panorama político español, el refranero vuelve a demostrar que es más fiable que muchos programas electorales.
Mientras España acumula 44 trimestres consecutivos de subida del precio de la vivienda, convirtiendo el sueño de comprar una casa en una especie de peregrinación con más milagros que hipotecas, nuestros ilustres representantes parecen tener otras prioridades mucho más urgentes.
Porque, al parecer, el drama nacional no consiste en que los jóvenes tengan que elegir entre independizarse o comer caliente, sino en si el Papa pronuncia unas palabras en catalán, gallego o arameo antiguo.
La escena fue digna de estudio sociológico. Saltándose el protocolo de saludo al Pontífice a la entrada del Congreso, algunos dirigentes nacionalistas dejaron claro que la rueda sigue girando exactamente en la misma dirección de siempre: la del agravio permanente. Se nota que llevan años perfeccionando el arte de exprimir a Pedro Sánchez durante la legislatura. Un oficio que, visto el rendimiento obtenido, podría acabar siendo declarado patrimonio cultural inmaterial.
Pero si hay un premio a la incoherencia política, ese merece una mención especial. Desde Sumar han solicitado a León XIV que intervenga para solucionar el problema de la vivienda en España. La propuesta tiene cierto encanto surrealista, porque uno podría pensar que quien forma parte del Gobierno dispone de herramientas más eficaces que elevar una instancia celestial al Vaticano.
Aunque, bien mirado, después de tantos anuncios, decretos y promesas incumplidas, quizá el siguiente paso lógico sea confiar directamente en la providencia divina.
No deja de ser curioso que quienes ocupan sillones ministeriales actúen como si fueran una ONG de oposición. «Santo Padre, haga usted algo», parecen decir, mientras desde el Consejo de Ministros contemplan el incendio con la tranquilidad del que observa una barbacoa ajena.
Por su parte, el discurso del Pontífice en la Cámara Baja tuvo la virtud de convertirse en un auténtico espejo político, de ahí los siete minutos de ovación. Cada partido vio reflejada exactamente la parte que le interesaba. Unos escucharon una defensa de la justicia social; otros, una reivindicación de los valores tradicionales; algunos descubrieron mensajes ocultos sobre inmigración y otros sobre ecologismo. Si el Papa hubiera hablado sobre la importancia de beber dos litros de agua al día, probablemente habrían surgido tres proposiciones no de ley y una comisión parlamentaria para interpretarlo.
Al final, los únicos que hicieron un negocio redondo fueron los de siempre: las tiendas de souvenirs, los bares, los servicios de hostelería y esos propietarios que alquilaron balcones a precios tan astronómicos que hicieron parecer razonables los alquileres habituales del mercado inmobiliario español.
Y así continúa girando la rueda. Los ciudadanos preocupados por llegar a fin de mes, por encontrar una vivienda digna o por construir un proyecto de vida. Los políticos enfrascados en batallas simbólicas que generan muchos titulares y pocas soluciones. Y el contribuyente, observando el espectáculo con la resignación de quien sabe que, cuando la función termine, la factura volverá a llegar a la misma dirección de siempre.
Porque en España, mientras la vivienda se convierte en un lujo y las preocupaciones reales se amontonan en la puerta de casa, la política sigue demostrando una extraordinaria capacidad para discutir sobre el color de las cortinas mientras el edificio entero amenaza con derrumbarse.
Pero no importa. La rueda sigue girando. Y algunos llevan tanto tiempo subidos a ella que ya ni recuerdan hacia dónde se suponía que debían avanzar.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 10/06/2026

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