Dicen que España no se rompe, que se estira. Y a base de estirar, estirar y estirar, un día hará crack. Pero tranquilos, que mientras tanto el pesebre está lleno y bien repartido.
Nunca hubo tantos funcionarios ni tantas promesas de reducción de jornada. Las 35 horas ya no son un derecho laboral, son una consigna electoral con aroma a voto cautivo. Que ya haya más funcionarios que autónomos no es un dato preocupante, es simplemente un logro estadístico. Si no hay empresas, no hay paro… y si no hay paro, hay éxito. Lógica gubernamental en estado puro.
Porque aquí no se crean empleos, se crean dependencias. Y cuando dependes del Estado, criticarlo es casi un acto suicida. Mejor callar, no vaya a ser que te señalen, te miren raro o te pongan en la lista de los “desagradecidos del sistema”. Media España vive del presupuesto y la otra media finge que no pasa nada mientras paga la fiesta.
Y en medio de este circo, el Gobierno Frankenstein recompone sus costuras con grapas oxidadas y socios que no quieren que gobierne bien, pero sí que gobierne. Débil, torpe, pero vivo. Porque un gobierno fuerte incomoda; uno débil se maneja mejor. Así se explica el milagro político, la extrema izquierda de Podemos haciendo causa común con la extrema derecha de Junts. Ideologías enfrentadas, pero objetivo compartido para que el castillo no se caiga… aunque esté lleno de termitas.
Aquí ya no se gobierna, se sobrevive. No se legisla, se trapichea. Y no se busca el bien común, se reparten silencios comprados con nuestros impuestos. El error se perdona, la incompetencia se justifica y la ética… bueno, la ética ya llegará en la próxima legislatura, si eso.
Y así, entre todos la mataron. A la credibilidad, a la meritocracia, al sentido común. Y ella sola se murió, dicen. Pero no. La empujaron, la rodearon y la dejaron sin aire mientras aplaudían el reparto del botín.
¡Viva la política del trilero institucional!
Donde la bolita nunca está donde miras…
y siempre acaba en el bolsillo de los mismos.
Salva Cerezo