Siempre estuve convencido, y sigo estándolo, de que las casualidades no existen. Sin embargo, en lo que sí creo firmemente es en el principio de la causalidad, esto es, la relación causa-efecto.

Desde que comenzamos a oír hablar de la perniciosa “agenda 2030”, esa que nos vendieron como una suerte de panacea universal, capaz de curar todos nuestros males hasta asegurarnos, no se sabe bien qué siniestras fuerzas actúan ocultas tras las sombras, aquello de que “no tendremos nada y seremos felices”, la cosa comenzó, en todos los sentidos, a ir de mal en peor.

Comenzamos con aquella “plandemia”, exportada por los chinos, un experimento social que sirvió a dos objetivos. El primero, advertirnos de que esas siniestras fuerzas dominantes pueden poner en jaque nuestras vidas en cualquier momento, lo que provocó que el terror colectivo nos dominase, haciéndonos, desde entonces, más vulnerables al miedo; y el segundo, comenzar a eliminar a la población menos productiva, las personas de mayor edad; si bien, este objetivo no alcanzó, afortunadamente, al menos en un primer momento, las cotas que ellos habían previsto.

Es verdad que, una segunda fase del plan, iniciado con la inoculación masiva de las supuestas vacunas, está produciendo sus efectos a más largo plazo, motivo por el cual es más complicado establecer la relación causa-efecto. Sin embargo, es algo que no deberíamos perder de vista.

A partir de ahí, una vez la primera fase del plan no alcanzó los objetivos previstos, se comenzó con la segunda, incrementando exponencialmente el llamado “terror climático”, aderezado con ese ecologismo de salón propiciado por la izquierda, que, por estos días está alcanzado importantes cotas de alarma a cuenta de los grandes incendios forestales -la mayoría de ellos producto de la oscura mano del hombre y de la mujer, claro-, así como propiciados por esas leyes ecologistas disparatadas, que no permiten limpiar los bosques; como sucedió cuando la última riada de Valencia, achacable todo al supuesto cambio climático.

Tanto las olas de calor, como las épocas de lluvias torrenciales, incluso las grandes nevadas y el frío polar, se han sucedido a lo largo de la historia de la humanidad; prueba de ello es que la tierra, en tiempos geológicos, estuvo sometida a diferentes glaciaciones y los subsiguientes periodos interglaciares.

De igual modo, si repasamos nuestra historia personal, recordaremos que tanto las olas de calor, como las grandes riadas se sucedieron de forma secuencial, a lo largo de los años, sin que aquello alarmase a nadie.

De esta forma, los 40º en los meses de julio y agosto, en diferentes localidades de España, se dieron muchas veces, al igual que ha sucedido con las lluvias torrenciales. De hecho, yo mismo tuve oportunidad de comprobarlo en varias ocasiones.

Tal vez, pensando en aquellos lejanos días, me viene ahora la cabeza aquella película de 1967, dirigida por el inolvidable Mariano Ozores, “40º a la sombra”; del mismo modo que recuerdo, pues la vi representada, la maravillosa Zarzuela de Chueca y Valverde, “El año pasado por agua”, estrenada en 1889. Por tanto, ni el calor, ni las lluvias, ni el frío son nada nuevo en la vida de las personas, aunque ahora se obstinan en pretender hacérnoslo creer.

Se trata de un plan perfectamente trazado y urdido por esas oscuras elites del poder mundial que nos trasmiten mensajes con la amenaza de grandes catástrofes planetarias, que están calando, como sucedió con la “plandemia”, en una buena parte de la sociedad.

No podemos pasar por alto mensajes como aquellos que hablaban de que, una buena parte de la responsabilidad del supuesto “cambio climático”, lo producían los cuescos -con perdón- que se tiraban las vacas; razón más que suficiente para ir reduciendo la cabaña y, de paso, comenzar a alimentarnos más a base gusanos, saltamontes y cucarachas que no son responsables de nada en esta milonga del “cambio climático”.

Algo similar a lo sucedido con las bolsas de plástico que nos regalaban en los supermercados, causantes, según decían, en buena medida, de la contaminación medioambiental y que se resolvió, no eliminándolas, sino cobrándonoslas a 5 cm. con lo cual ya dejaron de ser agentes de la contaminación planetaria.

Incluso, tal vez, una parte de este siniestro plan, sin importar que se lleve vidas por delante, guarde una relación muy directa con esa España que desean que se desertice a base de incendios que eliminan masas arbóreas y zonas de pasto, para ser reemplazadas por molinos y placas solares y, así, convertir a España en la gran fuente de energías renovables capaz de alimentar a media Europa.

No nos olvidemos lo que sucedió con la eliminación sistemática de nuestra industria pesada, de nuestras explotaciones mineras e incluso de nuestra capacidad de producción hidroeléctrica hasta convertirnos, prácticamente, en un país de servicios, ocupados en atender el descanso vacacional de los europeos. Pues ahora toca que nos conviertan en la gran placa solar de Europa.

Una prueba de que hay una mano negra oculta tras este plan viene avalada por el hecho de que, tras aquel misterioso apagón de hace unos meses, el gobierno del sátrapa se está planteando la posibilidad de alargar la vida de las nucleares, del todo necesarias para sobrevivir energéticamente.

Pues hete aquí que la “picotuda”, la tucán ferrolana, que por cierto no representa a nada ni a nadie, ya amenaza -supongo que con la boca pequeña, pues no querrá perder la mamadera, ni el “incómodo” piso de 400 m. cuadrados en el que vive- con poner al gobierno contra las cuerdas si osa ampliar el tiempo de vida a las nucleares españolas.

En resumen, y no soy conspiranoico, pero estoy convencido, cada día más, de que todo lo que nos sucede forma parte de un plan perfectamente trazado por esas oscuras élites internacionales, las que se reúnen en Davos y en otros puntos, formadas por la masonería internacional con el concurso indispensable del nuevo comunismo cultural que tanto daño nos están haciendo.

Eugenio Fernández Barallobre (ÑTV España)

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Política,

Última Actualización: 15/08/2025

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