La reciente travesía de nuestro querido Rey Felipe VI de España hacia México, en el mismo marco de actuación que Pedro Sánchez y bajo la sombra de una revisión histórica que tacha de «abusiva» la gesta de Isabel la Católica, ha levantado algo más que polvaredas diplomáticas. Ha levantado, siento decirlo, la sospecha terminal.

Desde el cariño y la gratitud decir que el tiempo distorsiona la esencia que hizo muy digna con la Corona una muy imperfecta pero muy meritoria transición democrática. ¿Cómo si no pudieron conciliar intereses tan antagónicos que no fuera con absoluto malabarismo institucional?

Ver al Monarca asintiendo ante un relato que busca demoler el edificio histórico que sostiene su propio trono nos deja una sensación de orfandad institucional. ¿Qué hilos invisibles, qué pesadas servidumbres están maniatando la voluntad de quien debería ser nuestro primer baluarte? ¿No cabe preguntarse tan dolida reflexión a tenor de encadenamientos de aquiescencia con la aberración del día a día sanchista?

Millones de ciudadanos se preguntan si esta aquiescencia con el despropósito es fruto de la convicción o, más bien, el resultado de una presión asfixiante.

En la España del fango, se susurran historias de sombras del ayer, de expedientes que huelen a fragilidades humanas y a ese modus operandi –que evoca los oscuros escenarios de chantajes que afloran ahora y los indignos negocios de familia- que hoy parece ser el mando a distancia de la Zarzuela robotizada con instrucciones inflexibles.

 ¿Es el Rey dueño de sus silencios y acciones inusitadas, o es un prisionero de no se sabe qué tejemanes oscuros controlados por La Moncloa ocupada?.

Ignacio Fernández Candela (ÑTV España)

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Política,

Última Actualización: 17/03/2026

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