Ahora que el autoproclamado arquitecto del gobierno progresista ha sido finalmente encarcelado, ese mismo que decía estar construyendo un futuro mejor mientras se afanaba en desmantelar el presente, quizá va siendo hora de reflexionar, con calma, con una tacita de café (o un licor café, según el susto), sobre cómo hemos llegado hasta aquí sin que nos diera un mareo colectivo.
Porque si uno conjuga el verbo “ser”, habría que admitir que Pedro Sánchez no debió ser nunca presidente. No por falta de carisma (que de eso va sobrado, como los pavos en celo), sino por cómo se apañaron aquellas famosas primarias que olían más a teatro que a democracia interna.
Y si lo que conjugamos es el verbo “estar”, el resultado es similar: el PSOE no debió estar en el poder. Perdió las elecciones, pero ganó el trono gracias a una subasta de principios donde se cambiaban votos por impunidades y sillones por silencios cómplices. Todo por el bien común, claro… el común de los suyos.
Eso sí, se nos vendió que todo era para frenar a la ultraderecha, ese coco de trapo al que se le echa la culpa de lo que otros ya han hecho. Que si no fuera por Pedro, habríamos perdido “los avances sociales”… esos que han beneficiado sobre todo a una minoría selecta, mientras la mayoría se esfuerza por cuadrar la compra, el alquiler y la paciencia.
Y entre tanto avance y tanta causa justa, la progresía se ha dado la vida padre, eso sí, sin despeinarse y, a menudo, sin pegar ni chapa. Se han especializado en una suerte de funcionariado ideológico, donde lo único que se premia es la lealtad al líder y el dominio de la frase vacía.
No olvidemos tampoco que este gobierno puede presumir de tener el mayor número de asesores del mundo, lo cual, si fuera sinónimo de acierto, estaríamos viviendo en una utopía. Pero no: lo que hacen, fundamentalmente, es equivocarse con convicción y enfadar al planeta por fascículos.
Así que uno se pregunta, con esa retranca que no acusa pero señala:
¿Esto es ineptitud… o simplemente estamos ante el cabecilla visible de una trama invisible?
Porque hay que decirlo claro: hasta un niño de diez años, con un poco de sentido común, lo haría mejor. Pero claro, no tendría la malicia suficiente como para asaltar el Estado de Derecho con sonrisa de anuncio y discurso de redentor.
Y mientras tanto, nosotros, como buenos gallegos aunque hablemos en castellano, observamos y nos decimos:
—“¿Fue? ¿Estuvo? ¿O simplemente… no se ha ido nunca?”
Y añadimos bajito, con socarronería:
—“Tú verás”. La pregunta es: ¿Habrán suficientes celdas en Soto del Real?
Salva Cerezo

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Última Actualización: 03/07/2025

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