Cada verano, como los helados de turrón o el chiringuito de Georgie Dann, regresan los incendios. Tan puntuales como la subida del recibo de la luz en plena ola de calor. Pero no hablamos de esos fuegos románticos que chispean en las velas de una cena en la playa.
No, hablamos del fuego criminal, del que arrasa montes, devora casas y convierte a los bomberos en héroes anónimos mientras media humanidad graba con el móvil.
¿Y los culpables? Pues ahí entra el gran debate veraniego:
¿Son enfermos o malvados?
¿Demonios con mecheros o almas rotas con un trauma no resuelto desde la EGB?
La ciencia nos dice que muchos pirómanos sufren depresión, tienen ideación suicida, y claro, el bosque es su terapeuta. Un terapeuta al que prenden fuego por no darles cita. Pero aquí viene el giro de guion, a pesar de todo ese perfil clínico, son perfectamente capaces de esconderse mejor que un político en campaña cuando le preguntan por su sueldo.
Y tú te preguntas:
—Con drones, satélites, cámaras térmicas, inteligencia artificial, Google Earth y hasta Alexa que te recuerda el aniversario de tu suegra… ¿cómo demonios no se detecta al pirómano antes de que convierta un bosque en barbacoa?
Pues fácil: no hay presupuesto. O peor aún, sí lo hay, pero se invierte en campañas de concienciación con eslóganes como:
«El bosque es de todos, no lo quemes»
¡Oh, qué profundidad!
Mientras tanto, el monte está lleno de maleza, ramas secas y neumáticos olvidados desde los 90, esperando convertirse en la falla de Valencia versión silvestre.
Porque claro, limpiar un bosque no da votos, pero poner cara de preocupación delante de las cámaras con las llamas de fondo, eso sí que calienta las encuestas.
Y luego está la ley. Ah, la ley.
Con penas que van desde un tirón de orejas hasta veinte años de sombra, dependiendo de si alguien ha muerto o solo han ardido mil hectáreas y dos burras. Porque en este país, si incendias un bosque sin matar a nadie, igual te cae menos que si robas una bicicleta de alquiler.
Lo triste es que cada año repetimos el ritual:
Aparece el fuego, se culpa al «calor extremo», se descubre que el incendio fue provocado, se emite un comunicado oficial lleno de obviedades, se promete endurecer las penas. Y al año siguiente… vuelta a empezar.
Pero no te preocupes, querido ciudadano, que si seguimos así, dentro de poco no quedará bosque que arder. Y entonces, cuando todo sea un secarral de escombros y ceniza, saldrán los expertos a explicarnos que quizás, solo quizás, deberíamos haber tomado medidas.
Y tú, en tu terraza, asado por el calor, sin una sombra donde cobijarte, dirás:
“¡Ay, si lo hubiera sabido antes!”
Pero lo sabías.
Solo que estabas muy ocupado aplaudiendo al ministro de turno por anunciar un protocolo de incendios… en diciembre.
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 08/08/2025

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