En sus orígenes, “hacer puñetas” no tenía nada que ver con los tribunales ni con la política, aunque hoy la expresión parece hecha a medida para ambos. Allá por el siglo XVIII, las monjas y costureras bordaban pacientemente unas filigranas llamadas puñetas, que adornaban las bocamangas de las sotanas y togas.
Era un trabajo minucioso, largo y, sobre todo, inútil para quien soñaba con emociones fuertes. De ahí que se dijera que alguien estaba “haciendo puñetas” cuando se le mandaba lejos… o simplemente a perder el tiempo.
Siglos después, el bordado ha cambiado de forma pero no de esencia. Ahora, las puñetas las lucen los jueces y fiscales, símbolo de la solemnidad jurídica y, por lo visto, del entretenimiento nacional. Porque, seamos sinceros: en España, los juicios importantes ya no se celebran solo en los tribunales, sino también en los platós y redes sociales.
En el caso del fiscal general, García Ortz, ha tenido la delicadeza de sentarse en el tribunal donde él mismo es juzgado, con toga y puñetas incluidas, es la última gran obra de teatro de la jurisprudencia patria. Una especie de auto de fe moderno donde el acusado y el juez comparten guardarropa.
A eso sí que se le puede llamar “hacer puñetas a la justicia”.
Platón habría hablado de la “degradación de las formas”; nosotros lo resumimos mejor: aquí cada cual se borda su propia manga. Y lo hacen con hilo grueso, de esos que no se rompen ni con la verdad.
Mientras tanto, el pueblo asiste divertido a este desfile de togas y eufemismos, preguntándose si las puñetas se lavan con lejía o con silencio institucional.
Lo cierto es que el refrán ha cerrado el círculo, antes, “hacer puñetas” era perder el tiempo bordando.
Hoy, hacer puñetas es lo que hacen los que deberían bordar justicia… y acaban deshilachando la ética.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 13/11/2025

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