Al parecer, Hamas ha decidido aceptar las condiciones de Trump… con condiciones. Una especie de “sí, pero no”, “te quiero, pero solo como amigos”, o “vale, pero solo si me conviene”. El eterno juego de la política internacional, donde hasta las palabras “aceptar” y “paz” vienen siempre con letra pequeña, como las ofertas de telefonía.
La ironía es evidente, años de destrucción, muertes inocentes, ciudades arrasadas y titulares dramáticos para acabar en lo de siempre: acuerdos cogidos con pinzas, maquillados de esperanza, pero con pólvora escondida en los bolsillos.
La lucha estúpida, porque llamarla épica sería insultar a la inteligencia, deja un saldo macabro, miles de vidas que jamás volverán, solo para que después alguien se siente en una mesa y diga “bueno, aceptamos… pero con condiciones”.
Israel, mientras tanto, asiste al espectáculo con una sonrisa que mezcla el “os lo dije” y el “ahora resulta que teníamos razón”. Como quien gana una partida de ajedrez en la que el rival, en lugar de mover la reina, la prende fuego.
La polarización generada ya no es un problema de Oriente Medio; es un virus global. Opinadores de medio mundo discuten en redes sociales como si fueran generales de campo de batalla, aunque su mayor contacto con un arma sea el mando a distancia de la televisión. Pero claro, la guerra también se libra en los titulares y en las trincheras digitales, donde las balas son tuits y los muertos, la verdad.
En el fondo, todo se reduce a esto, aceptar con condiciones es como firmar un contrato con invisible tinta de sarcasmo. Un “sí” que en realidad es un “depende”. Y mientras tanto, las vidas perdidas, los niños que no volverán a sonreír, las familias rotas… esas no tienen condiciones, ni letra pequeña. Solo silencio.
Salva Cerezo