Hay países que avanzan en línea recta, otros en zigzag, y luego está Irán, que parece haber decidido caminar hacia el futuro mirando por el retrovisor.
Porque Irán no siempre fue sinónimo de velos obligatorios, moral vigilada y derechos encogidos.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que la sociedad iraní caminaba hacia la modernidad con paso firme. A principios del siglo XX, y especialmente bajo el Sha, las mujeres estudiaban, trabajaban, vestían como querían y participaban en la vida pública. No era el paraíso, pero se avanzaba.
Hasta que llegó 1979 y la Revolución Islámica decidió que el progreso era sospechoso y la libertad, un vicio occidental. Desde entonces, el país pasó de exportar cultura milenaria a importar dogmas medievales envueltos en solemnidad religiosa. El poder dejó de emanar del pueblo para descender, directamente, de Dios… convenientemente interpretado por unos pocos hombres con barba y pistola.
La sociedad iraní fue reeducada a golpe de miedo. El Estado se convirtió en tutor moral, la policía en conciencia y la religión en excusa. Y como suele ocurrir cuando el poder se vuelve inseguro, el control empezó por el cuerpo de la mujer. El velo dejó de ser símbolo para convertirse en sentencia. No cubrirse el cabello pasó a ser un delito más grave que robar, mentir o matar… siempre que lo haga el poder.
Mientras tanto, la juventud crecía conectada al mundo, viendo por Internet cómo otros países avanzaban, cómo las mujeres decidían, cómo la libertad no hacía estallar las sociedades. Y entonces ocurrió lo inevitable, que la realidad empezó a chocar con el discurso.
La muerte de Mahsa Amini no fue el inicio de nada; fue simplemente la gota que colmó un vaso lleno desde hace décadas. Las mujeres iraníes, hartas de obedecer por miedo, decidieron hacer lo más revolucionario posible, vivir. Quitarse el velo se convirtió en un acto político. Caminar libres, en un desafío al sistema. Y el régimen, como todo poder que se sabe frágil, respondió con represión.
Porque no hay nada que asuste más a una teocracia que una mujer que piensa. Ni nada más peligroso para un régimen autoritario que una sociedad que ya no cree en sus cuentos.
Hoy Irán vive atrapado entre su glorioso pasado persa, su presente represivo y un futuro que pugna por nacer. Y en ese parto doloroso, son las mujeres quienes empujan, sangran y resisten. Ellas no piden privilegios. Piden dignidad. Algo que ningún régimen debería temer… salvo que se sostenga sobre la injusticia.
Y como dice el refranero, que siempre llega antes que la historia oficial:
“No hay tiranía eterna cuando el miedo cambia de bando.”
Salva Cerezo