Dicen que la juventud es divino tesoro… hasta que se cruza con un veterano que lleva veinte años sobreviviendo en la selva del tenis como un cocodrilo en el Amazonas. Y ahí tenemos la escena: Carlos Alcaraz, 22 años recién estrenados, usando las tres “C” heredadas del abuelo, cabeza, corazón y coj… constancia, para completar su colección de Grand Slams. El álbum Panini del tenis ya casi lo tiene lleno antes de aprender a pagar la hipoteca.
Enfrente, cómo no, el eterno Djokovic. Ese hombre del que no te puedes fiar ni cuando anuncie su retirada… porque lo mismo la anuncia por la mañana y por la tarde te gana un Masters 1000. A sus 39 años, cuando el resto de su quinta ya anda comparando pastillas para el colesterol, él sigue compitiendo como si el tiempo fuese una cláusula abusiva de su contrato con la vida.
El torneo nos regaló uno de esos capítulos que parecen escritos por un guionista con mala leche, una semifinal contra Zverev, dos sets a cero para Alcaraz, partido controlado, y de pronto… calambres, vómitos y la sensación de que el cuerpo le estaba pidiendo la jubilación anticipada a los 22. El alemán empató el partido y, en el quinto set, llegó a romperle el saque.
En ese momento, media España ya estaba preparando el discurso de “ha sido una gran experiencia, aprenderá para la próxima”. Error. El murciano decidió que ya aprenderá mañana y se levantó del suelo como se levantan los que están hechos de otra pasta, a base de orgullo, piernas que duelen y cabeza fría. Cinco horas después, victoria para el chaval.
Y luego la final. Juventud contra experiencia. Energía nuclear frente a central térmica que se niega a cerrar. Uno corre como si tuviera batería infinita; el otro administra cada paso como quien estira la pensión hasta fin de mes. Y aun así, Djokovic volvió a demostrar que la experiencia no se jubila, simplemente se arruga un poco por fuera. Hay que aplaudirle por competir a ese nivel cuando tus contemporáneos ya están haciendo de comentaristas de sofá tiene más mérito que muchas finales ganadas.
Alcaraz, mientras tanto, sigue rompiendo récords con la naturalidad de quien rompe platos en una boda. Y lo mejor de todo, nos regala un respiro en este panorama político gris marengo que tenemos en España, donde cada telediario parece una tragicomedia de enredo. De repente, el mundo nos mira por algo que no sea corrupción, bronca o chapuza institucional.
El chaval se ha convertido en embajador involuntario, en “lavadora” de imagen nacional a base de derechazos.
Orgullo de España, orgullo de Murcia, orgullo del Palmar. Y orgullo, también, de que aún existan historias donde el mérito pesa más que el relato, donde el esfuerzo gana a la excusa y donde el talento no necesita rueda de prensa para justificarse.
Moraleja: la juventud corre, la experiencia aguanta… pero cuando se juntan cabeza, corazón y constancia, ni el tiempo sabe a quién apoyar.
Salva Cerezo