Dicen que la experiencia es un grado, pero en España parece que hemos repetido curso demasiadas veces. Pasamos de un verano en llamas, con los montes convertidos en hogueras de San Juan improvisadas, a un otoño donde el agua cae con tal entusiasmo que uno no sabe si salir con paraguas, con salvavidas o directamente con un arca de Noé aparcada en la puerta.
Eso sí, la psicosis meteorológica ya está institucionalizada, ahora no basta con el parte del tiempo, necesitamos también una guía de supervivencia. En verano, consejos básicos: no encienda barbacoas en medio del pinar, no tire colillas como si sembrara tabaco silvestre, y procure no convertir la naturaleza en una antorcha olímpica.
En otoño, el menú cambia, tenga el coche aparcado en la zona alta del barrio, por si acaso las calles se convierten en canales venecianos, y recuerde que «más vale prevenir que curar»… aunque la cura, aquí, suele llegar con promesas políticas de ayudas que tardan lo mismo que un glaciar en derretirse.
Lo de que «nunca llueve a gusto de todos» adquiere un nuevo nivel de sarcasmo, cuando falta agua, protestamos por la sequía; cuando sobra, maldecimos la riada. Al final, parece que lo único que conseguimos es vivir en un estado permanente de alarma, primero fuego, después diluvio, y siempre la misma conclusión oficial, con solemnidad ministerial incluida: “hemos aprendido la lección”.
El problema es que, como en el colegio, hay quien repite la misma asignatura año tras año. Y la naturaleza, que no entiende de excusas, pasa lista sin piedad. Mientras tanto, un troglodita en el gobierno frivolizando con la DANA de Valencia con la misma sensibilidad que un mono pelando un plátano.
Salva Cerezo

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Sociedad,

Última Actualización: 30/09/2025

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