Hace años asistí a varias ediciones de la entrega de los Premios Goya. Los nominados hablaban de cine, iban vestidos de smoking, las mujeres de largo y los favorecidos por la diosa fortuna hablaban de su trayectoria cinematográfica.
Con el paso de los años la celebración de este evento “supuestamente cultural” se ha ido convirtiendo en una sesión de terapia de auto consuelo en la que los protagonistas no son los premiados
Silvia Abril buscó un minuto para decir una estupidez, se erigió en prescriptora del bien y del mal y lamentó que hubiera jóvenes creyentes a los que descalificó como si fuesen unos delincuentes por tener fé.
La mujer de Andreu Buenafuente podía haber hecho un llamamiento similar a los jóvenes musulmanes que viven en España y creen en Alá, pero ella va a lo fácil como los cobardes que nunca arriesgan que les caiga una réplica que les humille.
La graciosa sin gracia y la valiente sin arrojo puede decir lo que quiera y meterse en la vida y conducta de terceros, a la espera de que alguien le dé una réplica, pero no puede evitar que la definan como una ignorante que odia todo lo que desconoce.
Entro en esta polémica solo por un motivo: me repugnan los totalitarios y especialmente los ignorantes que no han leído un libro de historia y se dedican a dar lecciones a una juventud que vive su pensamiento en libertad.
Diego Armario