Cada etapa de nuestra historia tiene sus propios desafíos. El nuestro, me parece, es el de luchar contra el terrible veneno que Hannah Arendt describe en su conocido libro “Eichmann en Jerusalén. Un Estudio Sobre la Banalidad del Mal”. En él afirma que son los superficiales, los dogmáticos y los nihilistas quienes crean las condiciones para que surja el totalitarismo.

Para nuestra desgracia, pareciera ser que las personalidades que más se repiten en nuestros días son las que se caracterizan por la superficialidad, el dogmatismo y los rasgos nihilistas. Es eso, o que tal vez tengo yo la mala suerte de topármelos más a menudo de lo que quisiera.

Desde las crisis políticas de corrupción y credibilidad, que en otros tiempos habrían despertado a las masas enardecidas, hasta la brutal apatía de los que ya están resignados, nos encontramos un sinnúmero de personas que ven pasar sus días sin darse cuenta de que en ese funcionar estamos construyendo una sociedad que posibilita el resurgimiento del totalitarismo y sus nefastas consecuencias.

La indiferencia de los superficiales que prefieren llenar estadios y eventos sociales por internet es el ingrediente más contundente. Eso, y el abundante acceso a la información pobremente filtrada, que termina creando la falsa ilusión de sabiduría, volviendo al sujeto promedio en un pseudoexperto que se cree irrefutable tras mirar unos cuantos videos, sin necesidad de tomar un solo libro. Es el deplorable espectáculo del narcisismo compitiendo de igual a igual contra el mérito.

La peor parte de aquello es que, de alguna manera, todos padecemos, en mayor o menor medida, de esta misma tragedia. Podemos apreciarlo como síntoma evidente en la fragilidad de nuestros vínculos: la imposibilidad de comunicarnos porque el pensamiento simplista y colectivizante ha hecho que, aun los que se autoproclaman como los mayores defensores del individuo en contra del Estado, terminan emitiendo juicios del tipo “todos los hombres”, “todas las mujeres” o “toda la gente religiosa”, pasando por alto que en su propia mente también radica la mentalidad colectivista. Así, sin darnos cuenta, nos infectamos del mismo virus que queremos combatir, ese que aniquila la intimidad entre las personas.

Es lógico, ¿ quién podría profundizar en un vínculo humano con un colectivo? El colectivo elimina toda muestra de singularidad y la singularidad es la que hace que se valore a una persona en tanto individuo: amamos a ciertas personas precisamente porque las sabemos diferentes, lloramos sus muertes porque sabemos que hemos perdido algo irreemplazable, las escuchamos porque en ese expresar ideas descubrimos su propia valía, y de paso aumentamos la nuestra.

Si entendemos que el colectivismo es el enemigo al cual combatir, la verdadera defensa del individualismo ha de pasar por entender que, si bien es cierto, esta era nos ha plagado de hombres-masa, necesitamos dudar de manera imprescindible el que seamos todos de la misma forma. Esta duda es la que nos apertura a descubrir al otro, legitimando su posibilidad de ser alguien distinto, y desde ahí poder rescatarnos del colectivismo a nosotros mismos.

Cuando abordo estas cuestiones en mi pequeño círculo de amigos, les digo que mi gran desafío ha sido no desmoralizarme por “ser demasiado liberal para los religiosos y demasiado religiosa para los liberales”. Curiosamente en más de una ocasión otras personas han coincidido conmigo en aquello.

Lo que sucede es que los “liberales”, en su afán de intentar llevar la libertad como bandera, practican esa “libertad” sólo con quienes no son dogmáticos ante sus ojos, y sin darse cuenta, en ese “filtrar” a los sujetos dignos del respeto por su libertad, terminan siendo ellos mismos los dogmáticos. Ocurre desde la Revolución Francesa, ocurre también en nuestros tiempos.

Por el otro lado, en el espectro religioso pasa lo mismo, referirse a un autor liberal es el equivalente a despertar a la peor cara inquisitorial, olvidando que el espíritu del cristianismo no está en ese nivel de repudio descarnado, sino en el aroma de libertad intelectual que todavía permanece entre las letras de la imprescindible neoescolástica salamantina, un legado que la mayoría desconocen, pero que a la vez tanto necesitan.

Entre la multiplicidad de personas que he conocido con características similares, habitualmente me queda esa sensación de lamentar el desperdicio de tantos talentos que son utilizados para apuntalar los propios dogmas en lugar de iluminar al mundo, volviéndoles incapaces de conectar realmente con otros. Esa es la condena de la amargura. Siempre hay una pena para todo pecado, y la pena del amargado es la soledad o la infelicidad.

Los religiosos”, “los carcas”, “los liberales”, “los progre” son apelativos que utilizamos para facilitarnos la comprensión del mundo (agrupamos la información en categorías), pero esas categorías no son el mundo en sí mismas.

Es como el clásico ejemplo de que el mapa no es el territorio. O trabajamos en eso, o sucumbiremos a la mente colectivista que la posmodernidad se ha encargado muy bien de entronizar en nuestra educación laicista.

Aún estamos a tiempo de evitar que los defensores de la libertad sean corrompidos de manera inconsciente por la estructura mental del “hombre-masa”. Si no lo vemos a tiempo, no nos quedará más que resignarnos a ver cómo se materializa la alerta que Ayn Rand nos deja en su libro “El Himno”: “Somos uno en todos y todos en uno. No existen hombres, sino solo el grande “Nosotros”, uno, indivisible y para siempre”.

Eternamente colectivizados. Eternamente solos.

Inés Farfán U (ÑTV España)