Hoy dejaré a un lado la política y me meteré en un charco muy actual al que vengo dándole vueltas algún tiempo.
Parece que a las sociedades modernas les ha entrado una fiebre peculiar, y no es otra que la del envejecimiento ilimitado. Vivimos más, muchísimo más… pero eso sí, traemos menos niños al mundo que un eremita en clausura. Es la ecuación perfecta, más años, menos nacimientos y un futuro que ya pide turno en la ventanilla de “Problemas Urgentes”.
Mientras tanto, los científicos, que antes soñaban con curar enfermedades, ahora se dedican a anunciar que podrían alargar la vida humana quién sabe cuántas décadas. ¡Qué maravilla!
Viviremos hasta los 110… aunque con pensiones que alcanzarán hasta los 55. Lo que pase entre medias… es detalle técnico.
Un científico de origen indio tuvo la osadía de decir en voz alta lo que todo el mundo piensa en silencio… que vivir más puede ser una carga social si no se garantiza que la tercera edad sea independiente y productiva. Vamos, que si vamos a llegar a los 95 años, al menos que podamos levantarnos solos del sillón y no romper la hucha de todo el país.
¡Qué atrevimiento! ¿Cómo osa alguien a sugerir que la ciencia debe ir acompañada de sentido común?
Porque claro, extender la vida humana suena muy bien… hasta que te das cuenta de que no existe ningún plan para lo que viene después. Es como construir un rascacielos magnífico y acordarse a última hora de que se olvidaron poner escaleras y ascensores.
Hoy ya vemos los primeros síntomas:
Sociedades estáticas, como lagos en verano, mucha superficie y poca profundidad.
Generaciones que no se relevan jamás, como si los abuelos nos hubiéramos quedado a vivir eternamente en el despacho de la familia.
Economías con artritis, obligadas a sostener a tres jubilados por cada trabajador.
Y un sistema sanitario que está a punto de poner un cartel que diga: «Se ruega no vivir tanto».
Sí, la ciencia nos ha regalado años.
Lo que no ha traído, curiosamente, son nuevos jóvenes.
Tal vez porque criar hijos en esta nueva sociedad ya no es una decisión, sino un deporte extremo que cuesta dinero, tiempo, energía, paciencia… y los gobiernos, claro, colaboran ofreciendo ayudas fantásticas como “un bono de 50 euros” o “una palmadita en la espalda”.
Y así avanzamos hacia un futuro brillante con una sociedad envejecida, frágil, estática y con la firme esperanza de que los robots lleguen pronto para pagar impuestos, porque si esperamos a que nazcan humanos… ya podemos sentarnos. Con calma, que vamos a vivir muchos años.
Al final, el problema no es la ciencia.
El problema es usar la ciencia como un niño usa un petardo sin leer las instrucciones.
Porque claro, sí, podemos vivir más.
Pero… ¿alguien ha pensado en cómo?
Y sobre todo…
¿Quién va a pagar la fiesta?
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 04/12/2025

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