Dicen los nuevos gurús del pensamiento moderno, esos que diseñan el mundo desde cómodos despachos con plantas artificiales y cafés sin cafeína, que la familia es un concepto anticuado. Algo así como el VHS, el fax o el sentido común, reliquias de un pasado que, al parecer, molesta más de lo que enseña.
Y ahí tenemos a la famosa “Agenda 2030”, que no sabemos si es un plan estratégico o un manual de bricolaje social, empeñada, según algunos, en redefinirlo todo. Porque claro, si algo ha resistido siglos, guerras, pandemias y cuñados en Navidad… había que revisarlo urgentemente.
La familia. Ese lugar donde no eliges a nadie… pero, curiosamente, es donde más aprendes sobre la vida.
Porque sí, los hermanos no se eligen. Pero lo verdaderamente moderno ahora es hacer “dejar de seguir ” emocional en cuanto uno discrepa. Antes discutías con tu hermano y acababas compartiendo pan. Hoy discutes… y acabas compartiendo indirectas en redes sociales, que es mucho más constructivo, dónde va a parar.
Un hermano que desaparece no es hermano, dicen. Claro. Pero tampoco es tendencia. Hoy lo que se lleva es la familia “low cost”, sin compromiso, sin roce y, a ser posible, sin sobremesa. Que ya se sabe que las sobremesas son peligrosas… la gente habla, opina y, en el peor de los casos, piensa.
El abuelo que no ejerce no es abuelo. Aunque también es verdad que competir con una tablet es complicado. Antes los abuelos transmitían historias; ahora compiten con vídeos de quince segundos donde alguien baila mientras explica la caída del Imperio romano. Progreso, lo llaman.
El tío que no pregunta no es tío. Pero cuidado, que preguntar hoy puede ser invasivo. Interesarse por alguien es casi una intromisión, no vaya a ser que descubramos que debajo del postureo hay personas con problemas reales. Y eso no vende.
Y los primos… ah, los primos. Esos seres mitológicos que aparecen en bodas, comuniones y funerales como si fueran personajes descargables de un videojuego. Sabes que son familia porque alguien te lo recuerda, no porque lo sientas.
Pero luego está esa otra familia. La de verdad. La incómoda, la imperfecta, la que discute, la que se reconcilia, la que está. La que no necesita filtros ni pies de foto. La que aparece cuando la vida se pone seria y no cuando toca posar.
Porque la presencia pesa más que el apellido. Aunque esto, en tiempos de relaciones líquidas, suena casi revolucionario. Hoy importa más parecer que ser, más mostrar que sostener. Y claro, sostener cansa… pero también construye.
Nos venden que no hay que malgastar esfuerzos en quien no te quiere. Y oye, tiene su lógica. Pero llevada al extremo, esa filosofía convierte cualquier relación en un contrato de usar y tirar. En cuanto hay desgaste… se cambia. Como el móvil.
Y así vamos, construyendo vínculos con fecha de caducidad, mientras nos preguntamos por qué cada vez nos sentimos más solos.
Porque no, querido lector, no todo es tan sencillo como decir “si no suma, fuera”. A veces, precisamente lo que no suma… enseña. Las diferencias incomodan, sí. Pero también hacen crecer.
El debate molesta… pero también despierta.
La familia no es perfecta. Nunca lo ha sido. Pero quizá su valor no está en su perfección, sino en su resistencia.
En un mundo donde todo se puede borrar, editar o reemplazar… la familia sigue siendo ese lugar donde, para bien o para mal, uno no puede pulsar “eliminar” tan fácilmente.
Y tal vez por eso molesta tanto.
Porque lo que no se puede controlar… no se puede sustituir.
Salva Cerezo